domingo, 11 de diciembre de 2016

LA LITERATURA COMO ENFERMEDAD

PUBLICADO EN LA OPINIÓN DE MURCIA -SUPLEMENTO LIBROS- 10-12-2016

Todo escritor es un curandero en su mundo de ficción.

Las palabras son homeopáticas. Curan como el agua y la risa. La literatura combina el alfabeto y lo transforma en una sustancia más o menos efectiva. Según dicen algunos. Quizá todo sea mentira

La escritura carece de sentido en sí misma. El lector la interpreta en un acto similar a la locura. El texto es una piedra filosofal que el que lee transforma en oro.

Las clínicas de reposo no existen. El mundo tampoco. Son lugares que se crean alrededor de bibliotecas y librerías. Leer/escribir es compartir la enfermedad, las pesadillas y la locura.

Querer estar loco no es extraño. Lo extraño es permanecer cuerdo frente a la belleza de un verso o de un disparatado texto de Boris Vian. Lo extraño es querer curarse de la irrealidad. La irrealidad no existe.

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Los Angeles Review of Books
Nadie en su sano juicio querría dejar de estar loco. Leer te permite la dosis de locura ideal para seguir viviendo en el mundo.

Borges vio el lenguaje de dios en las manchas de un tigre. El tigre ha muerto, las manchas han cambiado. Pero seguimos entreviendo ese lenguaje divino en algunos libros de Borges.

La locura no es otra cosa que deformar la realidad para acomodarla a nuestra expectativa. La lectura es, por tanto, un acto de delirio transitorio.

Consulte con su autor de cabecera.

Tomar pastillas te cura. Tomar pastillas te vuelve más loco. Pasar páginas. Y páginas. Leer entrelíneas, entender lo no-dicho.

El escritor es un cardiólogo invertido: propaga un tipo de locura entre sus pacientes cuyos efectos no están del todo diagnosticados. Y lo lleva haciendo desde antes de que existieran los pacientes, los enfermos y la propia locura.

Alrededor de una hoguera. En cualquier parte.

 Fármaco. Leer  no cura nada que no esté en tu propia mente. Leer contiene tanto el veneno como el antídoto. Leer causa un efecto placebo estético. Escribir es dejar de leer y ponerse en la piel de los personajes. Dormir es acudir a una literatura personal y extraña llamada sueños.

La literatura, creo, no tiene cura.

Muchos enfermos terminales todavía deambulan por el mundo en busca de un alivio. Deambula por otros mundos también. Van y vienen.

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Jamás se ha visto a un escritor lamer las heridas de su lector. Pero los lectores siempre creen que esto sucederá. De hecho, hay sectas, travesías por el desierto y peregrinaciones en las que se venera a un doctor secreto. Suele estar en otro lugar distinto al que acuden las romerías.

Los escritores no existen. En sus textos solo hay virus con su rostro, su voz ha sido adulterada por el tiempo y la ficción.

Nadie es capaz de trasmitir el virus de la poesía por sí mismo. Esta enfermedad tan misteriosa nace y muere en el propio enfermo.

Algún poeta ha sido acusado de enfermo crónico. La vida es la enfermedad, y a algunas personas más sensibles, con predisposición genética, les ataca con más virulencia. La vida es la poesía hecha banalidad.

La salud no existe. Esto sí que está demostrado pero nadie lo sabe con certeza. ¿Quién quiere realmente curarse? Mario Bellatin lo ha dicho en todos sus libros.

Todos moriremos. Las páginas en blanco, por lo tanto, suelen ir al final. Páginas, milenios. Esas páginas a las que todos queremos encontrar un sentido estético, un significado. Las únicas que no dicen nada pero que todo lo significan.

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