domingo, 19 de enero de 2020

REGRESAR A CASA

Leopold Bloom, según Joyce

Cada jornada acaba felizmente con el regreso a casa. Aunque es raro el día que un hombre o mujer no se pierden en alguna de nuestras ciudades y no logra culminar su regreso. Personas normalmente de avanzada edad o con problemas de salud mental que se desorientan y no consiguen regresar a casa. Dramas cotidianos que me recuerdan a Ulises, quien mejor encarna el deseo de regresar al hogar. O a Leopold Bloom, el personaje del Ulises de Joyce. Un caballero que un 16 de junio trataba de volver a casa. Pero un regreso tan banal como anodino, en comparación con el viaje del Ulises homérico. Pero que refleja con gran precisión la angustia contemporánea de aquellos que se pierden en su propia insignificancia. Bloom es el epítome del hombre moderno,  el hombre que habita vastas ciudades, prisionero de asuntos fútiles de oficinas, burocracia, transacciones de supermercado, ruedas pinchadas en una autovía y peleas conyugales. Un ser precario y sin dioses que no entiende una epopeya, una peligrosa travesía en barco asediado por sirenas, islas con hechiceras o monstruos acechantes. El hombre actual es un Ulises joyceano, no homérico. Dublín, como cualquier otra ciudad contemporánea, es el nuevo océano despiadado que, con sus laberínticas calles, bares poblados por seres extraños y sus mortales carreteras ha sustituido, en nuestro imaginario social, los peligros ancestrales de tribus salvajes, cíclopes y dioses iracundos. Vagamos, como el señor Bloom, por las vicisitudes rutinarias del asfalto y la familia. Nuestra odisea no se alarga veinte años. Todo es inmediato. Todo puede suceder en el lapso de un miserable día y su trascendencia es a veces tan leve que ni siquiera merece unas líneas en las páginas de la historia. Una borrachera, alzhéimer, un accidente de tráfico, una discusión con unos amigos o con el jefe, un encuentro casual en un bar. Tragedias cotidianas.
Resultado de imagen de ulises joyce homeroSin embargo, las escalas son discutibles y aquel 16 de junio de 1904 en el que Joyce ambienta su Ulises —un día cualquiera— fue un día memorable. Representa el triunfo y la tragedia de lo cotidiano, lo banal como sublimación de la realidad, el defecto humano como símbolo axiomático de toda la Humanidad. Todos, nos hace saber la novela de Joyce, somos pequeños Ulises que deambulamos por los días insignificantes de la historia. Todos somos pequeños héroes de nuestras miserias. “Pequeños héroes”, es decir, seres oximorónicos y paradójicos.
Además, hay otro mensaje que podemos extraer de esta fábula de lo cotidiano. Con Ulises, con Leopold Bloom. Con tu vecino del cuarto que ha estado de vacaciones un mes o con un señor alzheímico, todos deberíamos aprender que no hay nada mejor que regresar a casa. Después de una batalla en la cola de Hacienda, un día por las calles de Dublín, un viaje en busca de fantasmas o simplemente una jornada agotadora de trabajo, el regreso al hogar es reinsertarse en el calor de una realidad que nos consuela. Regresar a casa es regresar a uno mismo.

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