Hoy os dejamos con uno de los relatos que integran Hijos de un dios extraño, UNA MUJER EN EL UMBRAL. Esta historia de erotismo triangular se alzó con el premio Internacional Marcelino Menéndez de Relato Corto en 2012.
UNA MUJER EN EL UMBRAL
Abandonó el cine
con la confirmada desesperación de un domingo. Los domingos le parecían tristes
como la misma vida. La vida es una semana tediosa, y un domingo inesperado
resulta ser el último de los domingos. Un fin al que no le sucederán un lunes
de sol y nuevas cosas.
Había acudido solo a la sala a ver una
película bastante extraña en la que un hombre volvía de un viaje espacial y no
reconocía a su esposa, ni a su perro, ni nada de su antigua vida. Al final se
le reimplantaban recuerdos viejos y
falsos y continuaba una vida vieja y
falsa, un sucedáneo de la existencia que su otro yo había logrado
borrar. Tal vez hubiese sido más feliz sin todos esos recuerdos antiguos. Tal
vez los había olvidado para defenderse de quién sabe. Y tal vez había viajado
al otro lado del Universo con la única intención de dejar atrás un mundo
grasiento como un trapo de cocina con el que no quería lavarse más las manos.
Pero ahora le devolvían sus recuerdos, el trapo sucio y arrugado por el tiempo,
y se manchaba las manos con la misma memoria grasienta y rancia. Alfredo no
entendía bien la película. Todos tenemos derecho a olvidar. Y entonces pensó en
Gema y sintió que su estómago se retorcía como un nido de serpientes en mitad
del infierno. Olvidar era un tesoro y la memoria el dragón que lo custodiaba
con su humeante aliento.
La noche era azul
y Alfredo sintió la soledad de un océano en sus párpados. Casi podría llorar,
se dijo como el que recita un viejo salmo en una lengua que nadie comprende. Ni
siquiera él. Pero era domingo, estaba solo y había caído la noche en la ciudad.
Una noche sin estrellas pero azul como el neón tácito de la modernidad. Una
noche anacrónica que no le correspondía, y Gema estaba ahí, en algún lugar de
su corazón, pero todo era tan complicado. Si sólo hubiese un destino, si la
vida se compusiese de días y noches, blanco y negro, todo o nada… Pero no. La
vida no es una moneda, cara o cruz, y sin más elección. Gema o Patricia. Elegir
a una sería tan sencillo que asustaba. Pero la vida no es una vieja amiga con
la que puedes apostarlo todo a una sucia moneda
de 50 céntimos al viento. No. La
vida era una extraña partida de ajedrez en la que cada instante, cada
movimiento multiplicaba los siguientes hasta el infinito. Podías saltar en ele
como un centauro enfurecido o hacer un
largo viaje imperial en cualquier dirección. Y siempre habría una opción mucho
mejor. Siempre te equivocas, siempre. Y nunca hay marcha atrás. El tablero de
la vida no es de madera, es de fracaso.
Era domingo y todo era azul. Estaba solo y tal vez Patricia ya estuviese
buscándolo, llamando a casa de Pierre o de algún compañero de trabajo, pero
quién sabe. Deseaba ser en esos momentos el perdido astronauta en su perdida
nave espacial. Aislado de todo sería capaz de pensar con claridad. Y quizá
volverse loco de una manera distinta. Su propia locura. No la locura que le
imponía esta vida. ¿Quién había elegido esa vida para él? Él no, de eso estaba
seguro. Yo no. Otros, sus padres, sus profesores, luego Patricia, sus suegros, sus superiores, la
rutina… Él no existía del todo. Era una aparición. Aparecía en fotos de
familia, en una orla de la facultad de educación del 86 y en las cartas de
colores que le enviaban cada día para reclamar el cobro de la luz, el agua, el
gas, el destino… Aparecía en las bases de datos de los bancos o de tráfico. Era
un fantasma. Existía en el corazón improbable de sus dos hijas y en la memoria
de aquella chica polaca que conoció en Bristol en su juventud. Pero ahora,
aquella rubia sin nombre también era un fantasma que carecía de imagen y que
había olvidado tristemente. Era, entonces, el recuerdo breve de un
fantasma. O sea, nada. Y acaso unos
cuantos números en un calendario, fechas, días, minutos. En la nave perdida en
el negro cosmos no oiría el ruido del tráfico. Un tráfico lento que moría al
anochecer del domingo. No sentiría el frío. Aunque no hacía frío, no lograba
deshacerse de la sensación gélida. La había aprendido y ya nunca podría
deshacerse de ella. Era Patricia. Y sus ojos azules, como la noche, le
recorrían, y le insistían en que dejase de ser él mismo. Ser parte de ella,
renunciar a Gema y a un sueño de miles de noches en el desierto o en la barra
del bar de un lujoso barco hundido: bello, silencioso y tranquilo. Quién era él, salvo la sombra de otro que ya
había muerto.
Encendió un
cigarro y recordó que había dejado de fumar hacía un mes o quizá un año. El
amargo sabor a humo y metal quemado le invadió la boca. Lo tiró al suelo y lo
pisó con la punta de su zapatilla. Dos hombres vestidos de amarillo cambiaban
la cartelera del cine. Desatornillaban el cartel del
hombre-sin-memoria-que-volvía-del-espacio para colocar el de
una-mujer-rubia-pensativa-y-enamorada-en-una-bicicleta-roja y que era ESTRENO.
La noche cedía al
silencio. Caminó junto al hotel. Era siempre el mismo hotel. Aquella tarde
había recorrido los pasillos alfombrados de la sexta planta, la llave de la
habitación era una tarjeta negra con un trébol blanco en el centro, la
habitación era cálida y en la mesilla había una rosa de plástico en un
jarroncito de diseño. Siempre la misma habitación pero no siempre la falsa
flor. A veces el jarrón vacío. Las cortinas a medio echar, la luz de la tarde
se filtraba, la silueta desnuda de Gema dibujándose como en un sueño pero real.
Ella miraba a través de la ventana el tráfico o las copas de los edificios.
Parecían imágenes absurdas y asustadas. Elevadas arboledas de ladrillo.
Elegantes rascacielos. Falsificaciones de bosques. Mentiras que se extendían a
las habitaciones de los hoteles y a los corazones. No hablaban. Ella
contemplaba, quizá, su propio reflejo en la ventana o nada. Él pensaba e intuía
con una extraña certeza que Gema era feliz y que por eso él también. Una forma
de consolar su culpa y su miedo. Porque
Gema era todo en ese momento pero Patricia estaba ahí. Siempre estaría ahí, y
cómo no. La televisión estaba apagada y las sábanas limpias y planchadas
aguardaban.
Hicieron el amor
despacio. Saboreando las palabras dulcemente y sin apremios. Él, por unas
horas, dejaba de ser un fantasma gris y se deslizaba a Gema, a su abrazo
desigual pero certero, su caricia leve en los muslos y el sexo, como una fina cuerda que casi lastimaba su
frágil amor, pero era tan tierna… Y Gema suplicaba otro beso, dientes y saliva,
siempre el último, reía, y en sus ojos brillaba otra realidad que nadie
imaginaba. La lengua, otra vez risas y los pequeños pies de Gema como manos de
bebé que se agitaban y reían en el aire. Profeta del pasado, así cualquiera,
bromeaba Alfredo cuando Gema le recordaba dónde empezó todo, inventaba un
recuerdo o lo coloreaba para cambiar de tema, y felicidad eterna sólo el día de
hoy y ya es tarde, vístete. Los hoteles son lugares donde el tiempo se detiene.
Pero es un tiempo falso y al abandonarlos se sabe de forma casi trágica.
Al girar la llave
en la cerradura de su casa sintió la soledad del hogar que se extendía desde el
suelo como una nube de gas lacrimógeno. Todo lo inundaba, le quemaba los ojos,
silencio y eternidad en los escalones de la entrada, los pasos resonaban como
en un templo en el fin del mundo, la
puerta cedía y ya estaba en el comedor,
olía el vacío, y lo reconocía
como si fuera ropa húmeda o el perfume
del primer amor. Las niñas están acostadas. De dónde vienes. La voz de Patricia
era hueca, como una grabación, como en
otro idioma pero en castellano y lo entendía todo perfectamente. Alfredo
miró a su alrededor, al suelo, el abismo
de parquet, dejó el abrigo en el perchero. Al alzar la vista Patricia seguía
mirándole. Era una mirada amigable y
blanda, como un hermoso caballo de Troya que quería derrotar sus muros y
quemarlo desde dentro. Luego, un silencio, una pausa que era más terrible que
la voz quieta de aquella sombra en el umbral de la puerta de la cocina. Fui al
cine. Fui al cine, solo. Ah, qué
película viste. No recuerdo el título. Era de un astronauta que quería olvidar
su vida y empezar otra nueva pero no es tan fácil…Y mientras hablaba, otra voz
que no era la suya hablaba por él, pero lo conocía mejor que él mismo, y la
película no era la misma que él había visto esa tarde, era una leve variación
que mejoraba la original o que la ajustaba de algún modo y todo era real y
terrible. No te conozco, dijo ella. Acostémonos, mañana es lunes y ya es tarde. Y el silencio de la casa, hogar
dulce hogar, se adhirió a la soledad como una masa pegajosa. Una mezcla
explosiva y salvaje y muerta en la que las cosas perdían su forma y su color, y
se diluían en una oscuridad triste y vacía como de cementerio al amanecer. En
la fría cama, entre los sueños imposibles y el tic-tac del despertador, Alfredo
roncaba en un silbido de flauta y abrazaba el cuerpo equivocado de Patricia. Deja de roncar, no puedo dormir…
yo también te amo, Gema. Un codazo, Gema es más que un nombre y tirón violento
de las sábanas, Soy Patricia. Alfredo despertó sin entender, qué ocurre, nada,
vuelve a dormir. Después amaneció. No había tocado el cuerpo de Patricia en
meses.
El lunes era un suspiro sin aliento, un espejo
que devolvía una imagen repetida y cansada. Pero glacial y distante.
En la facultad
Alfredo recordaba vivamente una frase: No
te conozco. En la tenue luz de la cocina, en el umbral, la figura de
Patricia, tan desigual como una alargada
sombra china que lo escrutaba, no te
conozco. Yo tampoco te conozco, nadie conoce a nadie. Tampoco conozco a
Gema, y quién puede conocer a alguien. Si al menos supiéramos en qué consiste
conocer a alguien. Nos reconocemos en las fotos y damos por supuesto que
sabemos quiénes somos. Son estúpidos comportamientos que aprendemos de los
espejos y de otras personas que se cruzan en nuestras vidas. Ilusiones. Gema, a
ella no necesitaba conocerla. Para qué. Sólo ansiaba sus leves presencias, que
se filtrase en su vida poco a poco y la cambiase. Como la erosión lenta de las
rocas por las mareas. Corazones fríos de granito. El tiempo y las olas todo lo pueden. Gema. Su pelo oscuro
que le rozaba la cara al besarle. Si fuese menos real quizá habría intentado
borrarla de un manotazo, como la hoja del mes de marzo se tira a la basura
cuando llega abril.
Pero abril nunca llega y siempre es invierno.
Pasan los días y
las noches. En el despacho las oquedades de su vida toman otra forma. Los
libros ordenados cuidadosamente en las estanterías, una foto del claustro, otra
de Patricia y las niñas y su cómodo sillón de piel azul. Papeles, informes,
circulares sobre la nueva ley de educación y boletines de calificaciones sin
rellenar. Un cuarto vacío. La soledad toma la forma del lugar donde se siente.
Y en medio del escritorio, junto al calendario escolar y un libro de poesía
chilena, un teléfono que empieza a sonar. Soy Gema, necesito abrazarte, el
mismo hotel, en media hora. De camino al hotel la felicidad le llega en forma
de eclipse. Gema-felicidad es un astro que se ha colocado delante de Patricia-antigua-y-triste.
Pero, ¿cuánto puede duran un eclipse? Los más bellos son los más breves, o tal
vez no. Nadie lo puede saber. Cuánto dura el tiempo o dónde está la primavera
cuando es invierno…
De camino al
hotel se encuentra con el cine cerrado. Un cartel de una chica montando en
bicicleta ha sido cambiado por el de un perro con gafas de sol que sonríe y va
a salvar el mundo. Junto al can, un cómico que a Alfredo nunca le ha gustado
hace una mueca. También lleva gafas de sol, y Alfredo sabe que no irá a ver esa
estúpida película. Compra flores y sube a la habitación con prisa, como si
fuese la primera vez. Como quien va a recoger un premio. Ella lo espera.
Desnuda y cálida como ese mes de abril que al fin llega y pronto se esfumará.
Ella lo espera. Deja las flores, con una calma disimulada, en el pequeño jarrón
de diseño. La rosa de plástico ya está muerta. Todo está siempre muriendo y
ambos lo saben. No hay mucha luz en la habitación. Como si lloviese en la
alcoba, se desviste con celeridad y se cuela bajo las sábanas, cubre el cuerpo
desnudo de ella y se precipitan a hacer el amor. Un amor como de lobos,
alaridos que parecen llantos, golpes, alientos extenuados. Comienzan a sudar
pero no se detienen. Ambos están muy excitados. Saben, aunque ninguno se atreve
a admitirlo, que comparten más que una cama de hotel. Comparten la soledad y un
tedio de millones de años. Los dos están
solos y es por eso que se saben cómplices. No necesitan articular palabras,
frases que todo lo empañen. Sonríen al verse los rostros y son moderadamente
felices. Los ojos tristes de Gema reflejan el gris que proviene de la ciudad.
No conciertan otro encuentro. Saben que siempre es el último. Siempre es la
primera vez. Y en cualquier momento entrará la luz en sus alcobas y ya no será ni
abril, ni mayo, ni junio. Será el fin del mundo y eso no tiene solución, todos
lo saben. Tú también, Gema. Sin terminar de vestirse Alfredo mira a la mujer
que hay en la cama. Cruzan sus miradas y sin hablar ya saben lo que piensan.
Son tantos años ya. No debemos continuar con esto. No, tienes razón, es
absurdo. Nos engañamos a nosotros mismos.
Están cansados y también lo saben. Y el cansancio, como la
desidia, es real porque se reconoce. Patricia recoge su ropa. No más juegos,
sólo tú y yo, sin fingir, quiero ser yo misma y no otro nombre falso en un
hotel. Quiéreme como soy o vete al infierno. Sí, tienes razón. Patricia
abandona la piel que nunca más se pondrá y que no es de ella.
Esa misma noche
en casa no hablan del asunto. No inventan más nombres ni conciben ilusiones.
Nunca vuelven a
mencionarlo y retornan al guión y a la rutina de ser ellos mismos.
PEDRO PUJANTE
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