martes, 23 de marzo de 2021

EL BIZARRO SEGÚN CARLTON MELLICK III






Ya sobrepasa el medio centenar de títulos la obra narrativa del escritor norteamericano, Carlton Mellick III (Arizona, 1977), uno de los popes del bizarro, género que parece, desde sus comienzos, haber nacido con la etiqueta de culto. Quizá porque, como ocurren con las películas de serie B y otros subproductos culturales, su falta de pretensiones y su manifiesto desdén por constituirse una expresión cultural de élites le convierte en un artículo genuino, original y desacomplejado. En síntesis, el bizarro es una literatura de naturaleza marginal, que se sustenta en estéticas del género de terror, la ciencia ficción soft, un surrealismo delirante, la fantasía, el humor negro y lo grotesco. Como se puede leer en Wikipedia el bizarro “es un género literario contemporáneo, que emplea a menudo elementos del absurdo, la sátira, y lo grotesco, junto con características del surrealismo-pop y la literatura de género, para crear obras subversivas, extrañas y divertidas”. Así, estas obras están deliberadamente saturadas de ingredientes, personajes inverosímiles, y buscan reventar el cerebro de quienes las leen con tramas y situaciones trepidantes, escabrosas o hiperrealistas. Aunque en el ámbito literario se presenta como un género más o menos novedoso que bebe del cine de serie B, David Lynch, Shinya Tsukamoto, los dibujos animados, la ciencia ficción, el wéstern, el terror y lo fantástico, se puede rastrear en algunos autores clásicos la semilla precursora de esta poética bizarra. En los cuentos de terror (y sobre todo en los de humor) de Poe, en las excesivas fantasías cósmicas de Lovecraft, en los ilógicos laberintos de Kafka, en los absurdos y en ocasiones crueles escenarios de Beckett, incluso en Dostoievski (pienso en su relato “El cocodrilo”) o en el grotesco relato “La nariz” de Gógol.

PUBLICADON EN REVISTA PENÚLTIMA


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domingo, 28 de febrero de 2021

Obras fantasmas

 



En este artículo se habla de esos objetos literarios o artísticos  que no existen, que han sido mencionados o ideados o proyectados pero nunca materializos.

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miércoles, 24 de febrero de 2021

Infiernos posmodernos: reflexiones sobre los límites de la realidad y lo humano




Ya en La Odisea homérica, e incluso en el poema sumerio de Gilgamesh, el descenso a los infiernos es un motivo recurrente. El pasaje a esa otra dimensión, en la Antigüedad, era contemplando sin el asombro de nuestros días. Lo maravilloso estaba integrado en lo cotidiano, los dioses hablaban con los hombres y el mito funcionaba como fenómeno histórico. Pero ahora ese viaje al infierno funciona como ruptura, como quiebra de la realidad. 

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PUBLICADO EN REVISTA HÉLICE Nº29

jueves, 28 de enero de 2021

CUENTOS DE HADAS, ZOMBIS Y EL FIN DEL MUNDO

 


PUBLICADO EN LA OPINIÓN 25 DE ENERO 2021

Leí hace poco un artículo en el que se reseñaba un estudio de la Penn State University, que constaba cómo las personas que  consumían películas de terror apocalíptico estaban más preparadas psicológicamente para afrontar situaciones como las que estamos viviendo con esta era Covid. La vivencia de este tipo de ficciones crea escenarios mentales preparatorios, que después en la “vida real” (qué extraña conjunción) nos sirven de modelos de aprendizaje. Puede resultar llamativo un estudio científico que parece más bien realizado por los creadores de “The Walking Dead” para animarnos a ver series catastrofistas. Pero si se piensa detenidamente no es nada extraño. Recordemos que desde tiempos remotos se han utilizado los cuentos de hadas de forma terapéutica con los niños. Las historias de chiquillos indefensos que se pierden en el bosque y son acechados por brujas y lobos constituyen una fuente de placer para los jóvenes, pero también sirven para enfrentar sus miedos en situaciones controladas. De hecho, como ya explicó Bruno Bettelheim, en su célebre Psicoanálisis de los cuentos de hadas, estas historias sirven al niño a comprender la realidad, a enfrentarse a sus miedos y así superar traumas. El cuento cumple una función vital en el aprendizaje de niños pero también en los adultos. De hecho, no es una casualidad evolutiva que a día de hoy sigamos invirtiendo tanto tiempo y dinero en consumir ficciones. El presupuesto de Netflix o Amazon Prime Video supera el de algunos pequeños estados. Las horas dedicadas a leer (no tantas) y a ver series de ficción es significativa. El cine y la literatura de terror nos ayudan a enfrentarnos al terror. Las cintas sobre mundos en descomposición (desastres, zombis, invasiones extraterrestres, monstruos del averno destructores) nos preparan mentalmente para una eventual catástrofe.  Pero esto no es nuevo. Habría que remontarse a las culturas hebrea y cristiana de los períodos helénicos y romanos, donde surgen los primeros profetas para advertir de la llegada de un nuevo orden. En la Biblia, recordemos, ya el “Libro de Daniel” trata de expresar el futuro de Israel y advertir del Juicio Final. El “Apocalipsis” de San Juan nos habla del fin del mundo. Un relato terrorífico, simbólico y oscuro que habría de servir a los creyentes a prepararse espiritualmente para lo peor. Desde los cuatro jinetes de San Juan a los zombis de George Romero hay una línea que atraviesa nuestra historia de fantasías y temores. Historias acerca de un final inminente que nos ayudan a comprender qué frágil es nuestro mundo.  Terribles catástrofes como que llegue el fin del mundo, tus padres te manden al bosque a perecer de hambre, que tu madrastra te mantenga encerrado en casa como un esclavo o que un lobo te aceche en el bosque camino a casa de tu abuelita.

 

jueves, 10 de septiembre de 2020

VERA, UN FANTASMA HECHO POR EL AMOR

Biografia de Auguste Villiers de l'Isle-Adam


Villiers de L`isle Adam se imaginó a una Eva Futura, que es la transubstanciación de la vieja mujer imaginaria a través de la nueva tecnología. Thomas Edison, el personaje de la novela, construye una ginoide llamada Hadaly para sustituir a una estúpida mujer de la que se ha enamorado su amigo Lord Ewald. Ahí encontramos una de las causas que justifican la invención de mujeres artificiales: la sustitución. No porque las mujeres de carne no sean necesarias o valiosas sino porque el hombre no es en ocasiones lo suficientemente inteligente para apreciar su valor. Muerto el deseo, se le da vida a la fantasía.

Pero es “Vera” el cuento de Villiers del que más me apetece escribir. Este relato es una de las más fascinantes historias de amor de la literatura francesa de todos los tiempos. Su primera frase es una declaración de principios: “El amor es más fuerte que la muerte…”, y casi resume todas las historias de amor verdadero.

La condesa D`Athol fallece en “una jornada sin nombre”. Pero el conde D`Athol no cree en la muerte, no cree que la muerte pueda suprimir la presencia fulgurante y sagrada de Vera. Su amor le obliga a verla entre sueños y vigilia, entre el deseo y una realidad sin tregua y apelmazada por la vulgaridad de su soledad. Continúa con su rutina, es feliz, la muerte de Vera le parece un sueño, ella sigue aquí. Vera es más que carne y presencia porque está “hecha de voluntad y de recuerdo”.

Raymond, el sirviente que al principio recela de la locura de su amo, con el tiempo, comienza a intuir la presencia innegable de Vera. El vestido negro entrevisto al girar un corredor, el sonido de la campanilla, quizá el eco de su voz que se filtra a través del muro de una alcoba. ¿Qué es un fantasma sino la materialización de una intensa idea?

El lector de este cuento es el que más claro tiene que Vera es real, que su muerte fue un sucio truco del conde de Villiers con el que perpetuar la imagen indeleble de un amor desgarrado y certero hasta el espanto mismo. Vera deambula por los párrafos del relato, aparece, se insinúa, hace una mueca, corretea ufana con una sonrisa roja y una lívida mirada de entidad del otro lado. A medida que pasa el tiempo todos, los personajes y los lectores de la historia vamos envejeciendo, acercándonos a la muerte. El tiempo pasa. Pero Vera está cada vez más viva y hermosa. Es decir, sigue siendo Vera. El conde ve brillar Venus en el cielo piensa: “es Vera”.

El conde nos conduce a su habitación, y conformada por la memoria y la voluptuosidad allí está Vera, esperándonos, como siempre ha estado. “Roger”, exclama una voz lejana. Se besan.

Tras el éxtasis llega la caída, la revelación: descubre el melancólico conde que está solo, descubrimos juntos que ella no ha sobrevivido a su muerte. Que los sueños son reales hasta que despertamos, que la vida es cierta mientras no dudamos de que estemos vivos. El amor es más fuerte que la muerte, pero la realidad es más poderosa que la vida.

Roger pide una señal, un camino por el que reanudar su viaje hacia el frágil amor. Y como cualquiera habrá adivinado, la llave que abre todas las puertas no es otra que la misma llave de la tumba de Vera. La muerte en nuestro destino, aunque siempre lo reconocemos tarde, cuando su inefable presencia es ya tan fuerte o más que la vida.

jueves, 9 de julio de 2020

EN EL DIARIO "EL NOROESTE" PUBLICAN UNA RESEÑA DE "LA INVENCIÓN DE LA REALIDAD"


La invención de la realidad, Pedro Pujante, Murcia Libro, 2020, 172 págs., 12€.

RESEÑA DEL ESCRITOR Y PROFESOR UNIVERSITARIO BASILIO PUJANTE
Si uno es un lector atento y tiene ciertos conocimientos de literatura, es capaz de intuir sin dificultades las influencias que han recibido la mayoría de los autores que lee. Salvo un puñado de escritores radicalmente originales o que se muestran refractarios a mostrar sus filias, la gran parte de los que escribimos transitamos sendas abiertas previamente por aquellos literatos que más nos han marcado. Es el caso, sin duda, del autor murciano Pedro Pujante, autor de una sólida trayectoria dentro de la literatura fantástica y de la ciencia ficción en cuyos libros se perciben las huellas de sus lecturas, especialmente, de Enrique Vila-Matas o de Franz Kafka. De hecho, Las suplantaciones (2019), su última novela, es una reformulación de La metamorfosis y en Las regiones inferiores de la muerte (2018) aparece Vila-Matas como personaje.
Debido a este profundo conocimiento de sus referentes que se observa en sus novelas y cuentos, no es extraño que Pujante, que también es crítico e investigador, haya publicado este ensayo titulado La invención de la realidad, que recoge treinta y ocho artículos de tema literario. Colaborador habitual de varios medios de comunicación, el autor murciano maneja un estilo divulgativo, en el que mezcla con soltura la erudición y la amenidad. Además, la breve extensión de la mayoría de los artículos y la ausencia de algunas convenciones que lastran la fluidez de la recepción del ensayo académico (notas a pie de páginas, referencias bibliográficas) convierten este libro en una obra de gran interés para cualquier aficionado a la literatura, sea cual sea su nivel de conocimiento sobre ella. Pujante, además, tiene la capacidad de trazar genealogías entre obras que aparentemente están alejadas en el tiempo, en el espacio o incluso en el género (son muchas las películas que en el volumen se citan) para crear constelaciones culturales en torno a un tema determinado.
La invención de la realidad se divide en cuatro partes, de las cuales la primera es la más extensa y heterogénea. Tomando como formato la reflexión sobre un asunto relacionado con la literatura sustentada en diversos ejemplos de obras relacionadas con el tema elegido, en esta sección, homónima al libro, repasa varias de las grandes cuestiones que han obsesionado a los especialistas a lo largo de los siglos. Así, hay artículos dedicados al tema de la ficción, los inicios, los mitos, el colonialismo, los espacios de creación de los escritores, la “muerte” de la novela o los finales. También se visitan temas más extraños como la literatura creada desde la cárcel, la publicada post mortem, los farsantes o los personajes abúlicos. No faltan textos que se detienen en un autor concreto, Shakespeare, en una obra, Rayuela, o en un personaje, Hamlet.

Las otras tres secciones del libro están dedicadas a tres de las obsesiones del Pedro Pujante autor, por lo que se deduce de sus novelas y relatos, y, por lo que se ve aquí, también de su perfil como crítico. En los cinco artículos de la segunda parte disecciona algunos aspectos de la obra de Enrique Vila-Matas, demostrando una vez más un gran conocimiento de este narrador. En “Más allá de lo fantástico”, dedicada a este género, destaca el artículo sobre el rumano Mircea Cărtărescu, autor al que Pujante le dedicó recientemente un libro teórico. Esta interesante y amena colección de breves ensayos que es La invención de la realidad finaliza con otros seis textos, agrupados bajo el título de “En un futuro imaginario”, dedicados a géneros como la distopía o la ciencia ficción. 


domingo, 21 de junio de 2020

Sobre "La invención de la realidad" de Pedro Pujante



Por Pedro Diego Gil López
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Esta obra está edificada hacia lo alto de la literatura con una colección de sólidos artículos, que inciden en los motivos que tiene la ficción literaria para profundizar en la realidad de una forma amena y coherente.
Pedro nos muestra un complejo edificio lleno de interesantes cuestiones. Primero propone que nos asombremos contemplando la fachada desde la calle de la realidad que compartimos, decorada con hermosos frisos del mundo clásico, llenos de héroes que han ido forjando la historia. Luego, nos invita amablemente a entrar en la gran pirámide de la cultura, informándonos de que en sus muchas habitaciones viven todo tipo de escritores. Una vez en el hall, decorado con el buen gusto que tienen las novelas negras para crear tétricos ambientes, nos deja libres para elegir por dónde continuar la visita. Desde la curiosidad que propone su lectura, nos deja libres en un espacio donde desatar nuestras emociones. Podemos elegir descender a los infiernos de la mano de Orfeo, acompañando a Teseo, siguiendo los pasos de Gilgamesh, o quedarnos en el interior del laberinto de la planta baja, donde el plagio obsesivo oculta la salida, y sólo encontrando a Borges nos liberaremos de las trampas que encierra. Desde la crítica literaria, Pedro nos da la opción de ascender a las plantas superiores con el poder de la palabra, a través de una escalera donde nos abordarán complejos y síndromes enraizados en las mentes de variopintos personajes. Los rellanos de la escalera están ocupados por auténticos mitos, colocados adrede para que nos asalten y nos roben los recuerdos. Hay pasillos por los que circulan robots que ponen a prueba la supremacía del ser humano sobre la inteligencia artificial, y que nos incitan a entrar en salas asombrosas, donde se nos enseña un futuro lleno de excitante ficción a través de lecturas infinitas. La propia edificación, propone a veces iniciar una escritura enfermiza, donde pueden aparecer males que se adentran en la mente, como el mal de Montano. Por eso siempre hay que tener mucho cuidado con aquello que se lee, la conjura de las letras es muy peligrosa, y el edificio que ha construido Pujante para nosotros, está lleno de novelas que pueden secuestrarnos, hipnotizarnos, incluso, extraviarnos en ciudades donde se comenten crímenes de todo tipo. El recorrido que ha planificado Pedro por las páginas de la obra, la invención de la realidad, está repleto de bibliotecas interesadas en asaltar al lector, con vocecitas que lo primero que te cuentan es un buen chiste de humor negro. Por eso hay que tener mucho cuidado con tropezarte con Hamlet, porque al preguntarte tú mismo si este príncipe está loco o no lo está, Shakespeare te puede atrapar para que seas otro personaje más de su maravilloso teatro. Pedro te aconsejará con insistencia que entres en la habitación de Rayuela (Yo también te lo aconsejo) porque mitificar obras literarias es reducir demasiado el espectro reseñable de un mundo que debe estar abierto a todas las novedades, novedades o viento fresco que hacen levantar ancla de los viejos puertos, para que nunca deje de zarpar el gran barco de la creatividad, y conseguir que nunca muera la novela. Así seguiremos dedicándole el protagonismo a la mujer amada, al hombre amado, aunque ni ésta ni éste existan y haya que inventarlos. Sin duda nos ayudaran los héroes, a veces criaturas incomprendidas, que luchan contra todo tipo de males, actuando valerosamente o simplemente quedándose quietos sin hacer nada. De este modo tan ameno, acompañando a Don Quijote, se llega a la tercera planta, donde tiene la sede una agencia de viajes que vende billetes de avión, para viajar de un libro a otro, a través de esos agujeros de gusano que procura toda exitosa narración. Aparecen hábiles escritores que comunican con su magia unas historias con otras, sorprendentemente, cumpliendo con el ansia del lector de llegar siempre más allá de la última hoja, de ese final que se queda en el aire, cuando termina una buena historia.
Uno de los agentes preferidos de Pedro, Vilas-Matas, está dispuesto a espiarnos para saber cuáles son nuestras preferencias, que te interrogará sin piedad y te formulará la pregunta siguiente: ¿Tú que libro eres? Una buenísima pregunta, sí señor, le dije yo, cuando me lo encontré leyendo la obra, se debería preguntar siempre eso mismo, antes de empezar a hablar con alguien desconocido. Después de darle una buena respuesta, valorará nuestra sagacidad de lector y nos hará una oferta irresistible, viajar por el tiempo.
Bueno, ya tenemos viaje, es hora de seguir subiendo. En la cuarta planta, _esto puede ser un sueño_, me encontré tirado por el suelo un libro con el título La realidad ha muerto. Leo en la sinopsis que a la realidad la mató lo virtual, de ahí que haya que resucitarla, inventarla de nuevo, saber que hay algo tangible, poderoso y absorbente donde adentrarnos. Tal vez por eso, Pedro insiste en su obra en señalar que el lector y el escritor se deben dar la mano a menudo. Pues nada, hay que ir a ello, a buscar a ese escritor para sacarlo de su caverna. Subo a la quinta, y ¡sorpresa!, ya he encontrado a uno, al mismísimo Pedro Pujante. El tío está como ausente y yo con su libro en la mano, instante en el cual lo llaman por teléfono y se larga rápidamente, desapareciendo por las escaleras. ¡Ya te firmaré el libro en otra ocasión, perdona! Le oigo exclamar, ya en las profundidades del edificio. Siempre tenemos un doble nuestro en el otro lado del mundo, reza un cartelito junto al número cinco, pero no hago caso y entro. Ver a mi doble sería una pasada, en la literatura es un tema recurrente, como bien indica Pujante; siempre aparece el que quiere ser y el que no desea ser como es, el que ama y el que odia, el experto y el inexperto. Pero recordando esa maldición que dice: el que ve a su doble es que va a morir, abandono la planta y sigo ascendiendo. Después de subir tantas escaleras, en la primera habitación de la sexta, un gran sofá me propone que me tire en él. Placentero es hacerlo, recostarte cuan largo eres, y casi me quedo durmiendo en ese trance. Sin duda lo más parecido a soñar es leer y lo más parecido a leer es soñar, ¡qué placentero es estar rodeado de ricos sueños y buenos libros! Y seguir viviendo bien despierto, acumulando nuevas experiencias cada vez más reales. Abro la puerta de una gran sala cuyas paredes están pintadas con letras. Son las primeras frases de grandes novelas, el cebo que debe ocultar el anzuelo, pendiendo del invisible hilo de pescar, que la caña del escritor sostiene en la orilla de su inventiva. En el centro hay una escalera de hierro en forma de espiral que asciende a una trampilla. Subo, la abro y accedo hasta la azotea de este edificio literario que Pedro a construido para el deleite de sus lectores. Desde allí podemos ver que no somos lo que éramos, ni lo que fuimos, y que sólo se nos ve en un paisaje donde únicamente hemos sabido guardar nuestra apariencia. Puede que ese sea el inquietante mensaje que nos deja esta obra.
En lo más alto de la construcción, se ve una veleta con los cuatro rumbos. Éste es un buen libro para guiarte con tu curiosidad como nave, por los territorios y mares que hay entre la ficción y la realidad que moldea la literatura, para poder llegar a lugares increíbles, donde los límites entre lo real y lo imaginario no existen.


viernes, 20 de marzo de 2020

CUEVAS DE ESCRITORES

Las pequeñas habitaciones y refugios disciplinan la mente,
mientras las grandes la debilitan.
Leonardo Da Vinci



Hay un espléndido relato del escritor norteamericano
Nathaniel Hawthorne titulado "!Wakefield" (el cuento
Resultado de imagen de LONDRES MAR EDITORfavorito de Borges, también de los míos), en el que su protagonista
permanece encerrado en un apartamento durante
veinte años por voluntad propia. Yo le dediqué un homenaje literario en un cuento titulado "El último Wakefield", que se incluyó en la antología Londres. En mi cuento un escritor trata de imitar al personaje Wakefield, en un viaje que realiza con su novia a Londres. Es un cuento en el que procuré imitar el patetismo del cuento de Hawthorne, aunque con resultados desiguales.
Wakefield no era escritor
pero sí el reflejo, más o menos voluntario de su autor. El
novelista norteamericano, al parecer, permaneció durante
largas temporadas de su vida encerrado sin salir de su habitación,
escribiendo sus relatos, sus historias e incluso poniendo
por escrito sus sueños.
No es raro encontrar en la intrahistoria de la literatura
infinidad de casos de escritores que han pasado gran parte
de su vida encerrados, escribiendo y escribiendo con la
única meta de culminar una obra, de redondear una novela,
de perfilar un libro de poemas. La escritura, a diferencia
del alpinismo, es una escalada que se celebra en el interior.
Sí que es cierto que algunos escritores han precisado de la
naturaleza salvaje para inspirarse –D. H. Lawrence, Conrad,
Melville, Stephen Crane, Jack London...-, o de lugares bulliciosos
–Jardiel Poncela, César Aira...–. Otros incluso han
sido destinatarios de la inspiración en el proceloso mundo
de los sueños –Coleridge recibió de las musas su poema
Kubla Khan mientras dormía–; cuando cabalgaban: Walter
Scott concibió su poema Marmion mientras montaba a caballo;
y algunos, más modernos, en el asiento de su Ford
T, como se cuenta respecto a Gertrude Stein. Pero en su
mayoría, los escritores han precisado de tranquilidad, silencio
y espacios sin distracciones. El prototipo de escritor ermitaño
nos lo imaginamos como a Henry David Thoreau,
quien, para alejarse de la sociedad y sus gentes, construyó
con sus propias manos una cabaña en Walden en la que
vivió durante dos años. Hay otros que se han aislado del
mundo por problemas de salud, como ocurrió con la poeta
americana Emily Dickinson (¿melancolía, agorafobia?).
Dos de los casos más llamativos de cuevas literarias se los
debemos a los escritores británicos Bernard Shaw y Roald
Dahl. Ambos se escondían en cobertizos, aislados de todo
y de todos, para poder incursionar en sus mundos ficcionales.
Shaw incluso llegó a construirse una cabaña giratoria
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en el jardín de su casa de Hertfordshire, que se desplazaba
con el motivo de orientarla y aprovechar mejor la luz solar
de los grises días ingleses.
Dahl, por su parte, también se instaló en su cobertizo
para poder escribir. En su interior disponía de un sillón
orejero y una tabla sobre la que escribía a mano. Una casa-
escritorio, en la que todos y cada uno de los utensilios,
muebles y objetos funcionaban al unísono para que el autor
galés pudiese concentrarse y crear.
Aunque hay muchos más casos de escritores cavernícolas.
Por ejemplo, Mark Twain, quien escribía en una casita
octogonal en la ladera de una colina. Otro escritor es Neil
Gaiman, autor de cuentos y novelas gráficas. Durante
poradas se ausenta a su cabaña y allí encuentra la inspiración.
Según él mismo explica: «uso el gazebo por épocas. Lo
uso, lo abandono por cinco años y luego lo redescubro con placer».
Para acabar no puede faltar en esta lista incompleta de
agorafóbicos grafómanos la novelista Virginia Woolf, quien
precisamente escribiera el ensayo A room of one`s own. En
él explica la necesidad del escritor (más bien escritora) de
disponer de un espacio propio para dedicarse a la propia
escritura. Woolf, que vivía en el sur de Inglaterra, en una
zona rural, disponía de una cabaña en la que poder escribir
asiduamente. Allí concibió obras como Las olas, una obra
en movimiento, paradójicamente.
Quizá en otro lugar se debiera hablar de las obras concebidas
en prisiones, textos cautivos, como aquellos póstumos
poemas de Wilde, muchas de las obras de Sade, poemas
de Miguel Hernández o aquel que inventó la novela:
Miguel de Cervantes.

Texto incluido en La invención de la realidad (MurciaLibro, 2020)

viernes, 13 de marzo de 2020

HOGUERA PRIMIGENIA



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El mundo nos resulta tan difícil de comprender que nos inventamos historias para explicárnoslo. Es tal la complejidad de la realidad en la que vivimos que la estructuramos mentalmente a través del lenguaje. La palabra, en definitiva, es la herramienta con la que damos forma a nuestra realidad. Leemos nuestro entorno e, invariablemente, lo traducimos a palabras, a símbolos y códigos arbitrarios, lo convertimos en palabras. El lenguaje del mundo es vasto e indescifrable, por eso hemos inventado los idiomas: para simplificarlo, leerlo en una versión adaptada y así comprenderlo.
Más misterioso aun es cómo hemos llegado a elaborar el lenguaje poético, la retórica de la ficción y, a la postre, las convenciones literarias. Cómo hemos construido toda una sociedad y una cultura a partir de una hoguera primigenia y unos cuantos relatos legendarios con los que dar sentido a la realidad. Nuestra sociedad es una hoguera expandida en círculos concéntricos, una onda expansiva alrededor de un fuego antiguo.
 Es un misterio bello pero el hombre desde que es niño configura su mundo con historias, aprende a relacionarse construyendo una narrativa de la realidad. Como sabemos, desde el origen más remoto de nuestra existencia, contar historias ha sido una actividad que nos ha acompañado y que nos define. Hemos perfeccionado el relato, somos más sofisticados que los habitantes de las cavernas de Atapuerca  y nuestras hogueras primigenias son ahora las novelas de Stephen King, performances vanguardistas y Netflix, pero seguimos reuniéndonos alrededor de ellas con el mismo fervor que antaño.
No sabemos a ciencia cierta el porcentaje de humanos que sienten la necesidad de convertirse en narradores (cineastas, escritores o poetas), pero ellos son los hechiceros que siguen alimentando la hoguera primigenia. Gracias a ellos se continúa la tradición milenaria de contadores de historias y la gente puede soñar con islas inventadas y enamorarse de seres inexistentes y abrazar un lenguaje que va más allá del lenguaje. Los narradores son los Virgilios que guían al resto de los mortales hacia el otro lado de la realidad, son los mensajeros entre este mundo terrenal y el universo infinito de la ficción. Un mundo que no es antagónico a este, sino que lo enriquece y lo carga de pleno sentido. La tarea del escritor no es desvirtuar la realidad sino todo lo contrario: fortalecerla, reconstruirla con símbolos más complejos y reformularla. En definitiva, los escritores de ficción son los responsables de hacer comprensible lo insólito, dar forma a lo incognoscible y articular una realidad que está más allá de esta realidad prosaica nuestra. Vivir en la ficción es vivir dos veces.
 No sabemos cómo será la literatura del futuro. Precisamente porque se está gestando ahora, mientras el resto de los mortales se dedica a sus tareas cotidianas. Legiones de contadores de historias pergeñan ahora sus fantasías, construyen mundos en los que habremos de vivir imaginariamente mañana. No sabemos, digo, cómo será la literatura del mañana: si se seguirán publicando cuentos en papel, si la gente leerá novelas o se conectará a una plataforma global a construir relatos comunitarios; si recitará videopoemas en un aparato electrónico o si las biografías se traducirán a imágenes tridimensionales. Pero tengo la firme certeza de que, de un modo u otro, seguiremos escribiendo relatos para que este mundo sea un lugar mejor. Tengo la certeza de que seguirá habiendo personas a las que les aguijoneará el pálpito de la creación y no desatenderán la llamada.
Crearán y mantendrán viva la llama del fuego primigenio.

sábado, 7 de marzo de 2020

LA INVENCIÓN DE LA REALIDAD


Reúno en este libro varios ensayos en los que me divierto escribiendo sobre los límites entre lo real y lo fabuloso, entre la magia de la escritura y de los borrosos territorios entre la fantasía y la realidad del lector. Autores que me han construido, como Vila-Matas o Cărtărescu son esenciales para entender la literatura contemporánea. La ciencia-ficción, lo fantástico, los sueños, las cárceles imaginarias y los escritores muertos que siguen escribiendo. Asesinatos literarios, héroes y compañía o mujeres inventadas. Todo eso y más.
En estos ensayos, breves y concretos, he elaborado, sin darme cuenta, una historia personal de mi propia vida literaria: de mis deseos, de mis filias y de mis obsesiones. La ficción es demasiado importante para tomársela en serio. Pero es, al final, mi propia forma de entender la vida.


FICHA DEL LIBRO

TITULO: La invención de la realidad
AUTOR: Pedro Pujante
GÉNERO: Ensayo
PÁGINAS: 172
AÑO: 2020
ISBN: 9788415516453
EDITORIAL: Murcialibro


Sinopsis

Los límites entre la realidad y la ficción siempre han sido objeto de curiosidad para lectores y escritores. ¿Dónde se encuentra la frontera entre ambos territorios? ¿Es tan nítida como durante siglos se ha pensado, o la modernidad ha difuminado la certidumbre de su grosor? El novelista Pedro Pujante aborda en estas páginas, con amenidad muy bien documentada, un acercamiento a esas cuestiones. Y nos recuerda, utilizando abundantes ejemplos de obras famosas, que los viajes y trasvases entre los dos ámbitos son más frecuentes y desconcertantes de lo que en principio podríamos pensar.
Una brillante colección de artículos que nos sirve para entender los nuevos rumbos que está adoptando la ficción en las últimas décadas.

domingo, 19 de enero de 2020

REGRESAR A CASA

Leopold Bloom, según Joyce

Cada jornada acaba felizmente con el regreso a casa. Aunque es raro el día que un hombre o mujer no se pierden en alguna de nuestras ciudades y no logra culminar su regreso. Personas normalmente de avanzada edad o con problemas de salud mental que se desorientan y no consiguen regresar a casa. Dramas cotidianos que me recuerdan a Ulises, quien mejor encarna el deseo de regresar al hogar. O a Leopold Bloom, el personaje del Ulises de Joyce. Un caballero que un 16 de junio trataba de volver a casa. Pero un regreso tan banal como anodino, en comparación con el viaje del Ulises homérico. Pero que refleja con gran precisión la angustia contemporánea de aquellos que se pierden en su propia insignificancia. Bloom es el epítome del hombre moderno,  el hombre que habita vastas ciudades, prisionero de asuntos fútiles de oficinas, burocracia, transacciones de supermercado, ruedas pinchadas en una autovía y peleas conyugales. Un ser precario y sin dioses que no entiende una epopeya, una peligrosa travesía en barco asediado por sirenas, islas con hechiceras o monstruos acechantes. El hombre actual es un Ulises joyceano, no homérico. Dublín, como cualquier otra ciudad contemporánea, es el nuevo océano despiadado que, con sus laberínticas calles, bares poblados por seres extraños y sus mortales carreteras ha sustituido, en nuestro imaginario social, los peligros ancestrales de tribus salvajes, cíclopes y dioses iracundos. Vagamos, como el señor Bloom, por las vicisitudes rutinarias del asfalto y la familia. Nuestra odisea no se alarga veinte años. Todo es inmediato. Todo puede suceder en el lapso de un miserable día y su trascendencia es a veces tan leve que ni siquiera merece unas líneas en las páginas de la historia. Una borrachera, alzhéimer, un accidente de tráfico, una discusión con unos amigos o con el jefe, un encuentro casual en un bar. Tragedias cotidianas.
Resultado de imagen de ulises joyce homeroSin embargo, las escalas son discutibles y aquel 16 de junio de 1904 en el que Joyce ambienta su Ulises —un día cualquiera— fue un día memorable. Representa el triunfo y la tragedia de lo cotidiano, lo banal como sublimación de la realidad, el defecto humano como símbolo axiomático de toda la Humanidad. Todos, nos hace saber la novela de Joyce, somos pequeños Ulises que deambulamos por los días insignificantes de la historia. Todos somos pequeños héroes de nuestras miserias. “Pequeños héroes”, es decir, seres oximorónicos y paradójicos.
Además, hay otro mensaje que podemos extraer de esta fábula de lo cotidiano. Con Ulises, con Leopold Bloom. Con tu vecino del cuarto que ha estado de vacaciones un mes o con un señor alzheímico, todos deberíamos aprender que no hay nada mejor que regresar a casa. Después de una batalla en la cola de Hacienda, un día por las calles de Dublín, un viaje en busca de fantasmas o simplemente una jornada agotadora de trabajo, el regreso al hogar es reinsertarse en el calor de una realidad que nos consuela. Regresar a casa es regresar a uno mismo.

sábado, 28 de diciembre de 2019

MI SECRETO

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Quería confesar algún secreto mío pero como lo que define un secreto es precisamente su carácter anónimo e invisible, había pensado inventarme algo o improvisar este artículo, y así esquivar el espinoso asunto de desvelar mis miserias ante desconocidos.
Después de mucho cavilar he llegado a la conclusión  de que quizá debiera explicar que mi secreto más inconfesable consiste precisamente en una manía. Una manía inconfesable. Más bien se trata de una adicción. Soy adicto a la ficción. Este secreto no es baladí porque encierra graves problemas que me dispongo a relatar aquí y ahora, y que como algunos creen que soy escritor, y como la escritura tiene un  fuerte componente imaginativo y ficcional que todo lo relativiza, muchos pensarán que estoy fantaseando. Así que cuanto más insista yo en afirmar que mi delirio literario en real más creeréis que estoy fabulando, que invento. De hecho, esa es una de las principales características de mi adicción: incontinencia ficcional, es decir, la pulsión incontrolable de inventar situaciones y argumentos que sustenten mi propia realidad. El impulso vertiginoso de ver el mundo como una obra de teatro, como una novela en curso, como un río de verdades inventadas.
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Samuel Riba en Tenerife
Esto en sí no es malo si se sabe canalizar, si se consigue llevar a un plano creativo y se transforma en una obra literaria. Tampoco es dañino cuando se usa la fantasía como catalizador de la inteligencia. El problema es que en ocasiones la línea que separa realidad y ficción se vuelve borrosa y los problemas pueden ser mayúsculos. Por ejemplo, yo recuerdo cosas que jamás han ocurrido, que tan solo he leído, pero que pasado un tiempo no logro distinguir de mis vivencias reales. Por poner otro ejemplo más reciente, le pregunto a mi mujer, ¿Qué habrá sido de aquel tipo, un tal Samuel Riba que era editor? Ella no sabía a quién me refiero, obviamente. Sí, ese hombre ya cansado de todo que se fue a Dublín en busca del  sentido último de la literatura auténtica. Al rato recuerdo que es un personaje de una novela de Vila-Matas. Por supuesto no se lo aclaro para no alarmarla. Y rezo para que no lea Dublinesca, la novela en la que aparece, claro.
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James Joyce tratando de recordar qué comió ayer
Hablando de Vila-Matas, hay una novela suya que se titula El Mal de Montano y que trata precisamente de un hombre que está enfermo de literatura. Yo me sentí muy identificado con Montano porque cuando leí el libro me dije, ¿no padeceré yo ese mismo síndrome, no habla esta novela de mí?
He probado diferentes formas para intentar aliviar mi adicción a la ficción. Todas sin éxito. Todas demasiado realistas. Al fin y al cabo, ¿qué malo tiene vivir en dos mundos a la vez? ¿Quién ha muerto por poner un poco de ficción en su vida? ¿No es, en definitiva, la vida una ficción compartida? Espero no haberos aburrido con mis cuitas. Espero también que si alguien conoce un remedio no dude en hacérmelo saber. Como dijo  Kundera: “inventarte una vida no es tan perjudicial para la salud como vivir en un mundo en el que la realidad no es saludable”.

Y aquí acabo. Espero que no hayáis creído ni una palabra. Que no me toméis muy en serio, porque a ver, ¿quién me dice a mí que vosotros no sois también personajes de ficción?