
El relato, en definitiva,
consiste en el discurso ininterrumpido y ansioso de esta hermana, que se dirige
a su hermano, en un monólogo alternado por la dulzura y la perversión, en el
que como un ritornello, retoma una y
otra vez, de modo obsesivo los mismos
temas: los perros mandados sacrificar por Mohamed, la presencia de la madre,
una historia sobre un barco que naufragó, el acecho de ratas, las violaciones,
el incesto, la escritura como acceso y deformación de la realidad.
Bellatin recrea un universo de
detalles mínimos que logra trasmitir una angustia asfixiante y enrarecida, en
el que lo grotesco no solo se manifiesta argumentalmente. La estructura
monótona del discurso también coadyuva a plasmar esa sensación de malestar. Las
vagas y subjetivas referencias al mundo exterior pierden su calidad mimética y
despojan de sentido cualquier intento de aproximación a la realidad: fotógrafos
ciegos, androginia sexual de una narradora con pene o jaurías que atacan a los
pacientes de este centro para lunáticos que deviene escenario distópico en un
mundo carente de toda referencia espacio-temporal.
Además, las referencias
literarias desdibujan también los contornos y dificultan una lectura realista
de Carta sobre los ciegos.... Bellatin
acude a Kafka, Lydia Davis, Diderot o sus propios textos pero deformando los
vínculos, recreándose en lo apócrifo y lo marginal para enrarecer un texto que
ya de por sí se muestra anómalo.
Raro, inquietante y perverso,
este último episodio de la Enciclopedia Bellatin nos descubre un ángulo más de
la poliédrica figura de un escritor sorprendente y único en su especie:
“bienvenidos al infierno místico y grotesco de Mario Bellatin”
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