sábado, 20 de junio de 2015

CRÍMENES REALES Y LITERATURA: BURROUGHS Y CRYSTIAN BALA




PUBLICADO EN LIBROS, LA OPINIÓN DE MURCIA. 20 JUNIO DE 2015



Cuando se quiere hablar de la relación entre crímenes y literatura ya viene siendo un lugar común pero inexcusable mencionar a Thomas de Quincey, autor de un ensayo titulado Del  asesinato considerado como una de las bellas artes (1827-29). Un texto irónico e inteligente, que André Breton no dudó en incluir en su Antología del humor negro. En él explica cómo asesinar para que resulte estéticamente aceptable.
Muchos son los asesinos que han escrito libros, o escritores que han cometido asesinatos. La jovencísima Anne Perry, que junto a una amiga le quitó la vida a la madre de esta, una señora llamada Honora Rieper, por ejemplo.  A los cuarenta y poco Perry comenzó una exitosa carrera de escritora de novela negra. ¿Quién mejor que ella para escribir sobre crímenes?


CUANDO WILLIAM BURROUGHS FUE GILLERMO TELL

Si hay un libro raro y bellamente escrito, con una exuberante poesía y una salvaje locura es esa novela de Burroughs titulada El almuerzo desnudo. Libro radical que fue llevado al cine por Cronenberg de un modo más que digno, teniendo en cuenta que la novela de Burroughs es paranoica y experimental en cuanto a estructura –el autor se valió de aquella técnica llamada cut-up, consistente en reordenar un texto de forma aleatoria-. Además, la adaptación de Cronenberg no se limitó a plasmar el libro, sino que el director trató de ensancharlo, introduciendo sus propias visiones estéticas y fragmentos biográficos del escritor beat.
 Burroughs es uno de esos escritores malditos que vivieron entre este lívido mundo y el oscuro zaguán del crimen y la locura. Su vida de drogas y orgías tiene un episodio trágico, grotesco, siniestro y fatal. El que ocurrió una noche de septiembre de 1951. Jugaba con alcohol, drogas y una pistola en lugar de ballesta, a ser Guillermo Tell. Su pareja, Joan Vollmer, colocó una metafórica manzana en su cabeza y el anticuento acabó en el homicidio involuntario de Joan y en cárcel (no mucha, algunos días, en realidad) para este padrastro de la generación Beat. Soy capaz de imaginar esa escena previa de locura y risa desquiciada de los primeros instantes transformándose en delirio y pavor tras corroborar la nefasta realidad del crimen. Tras comprobar que la broma ya no era una broma y que allí había el cadáver de una mujer muerta y ensangrentada. Pienso en aquel absurdo momento de transición que hubo de suceder, risotada disparatada, dantesca y después, horror, llanto teatral y fantasmagórico. “jamás habría sido escritor sin la muerte de Joan”, escribió Burroughs.



KRISTIAN BALA, PERSONAJE DE SU PROPIA NOVELA NEGRA
La relación entre ficción y muerte puede ser a veces demasiado estrecha. Krystian Bala, un joven escritor polaco, fue descubierto precisamente por escribir una novela titulada Amok (2003), en la que relataba con demasiados detalles un crimen muy parecido al que había tenido lugar unos años antes. Un policía que leyó el libro descubrió las pistas que le condujeron a resolver el antiguo caso. En el año 2000 se había hallado un cadáver en las aguas del río Oder, junto a la ciudad polaca de Wroclaw. No se culpó a nadie. Un crimen perfecto.
Los autores del crimen y de Amok parece ser que eran el mismo sujeto. Se apellidaba Bala. No sé en Polonia, pero aquí en España, con ese apellido, Carvalho hubiese sacado alguna conjetura.
 En Amok, que por cierto es un best-seller en Polonia, el criminal escapaba de la justicia. La ficción no siempre es fiel a la realidad. Krystian Bala, está en prisión a día de hoy, preparando su segunda novela

Algunos autores han transformado su experiencia homicida en obra literaria. La literatura, que siempre ha sido vida, a veces nace de la misma muerte.


domingo, 14 de junio de 2015

EL JUEGO


Una pareja está tranquilamente en el salón de su casa. Dime si me quieres, dice ella. ¡Vamos responde! Y de repente él la mira fijamente y ve cómo aparece bajo su rostro, a la altura de sus hombros una tira alargada y azul con unas letras luminosas y perfectamente legibles que dice:
 A, Sí, te quiero. Eres el amor de mi vida. 
B, no estoy seguro, ahora mismo me encuentro bastante confundido. 
C,  no, no te quiero, estoy harto de ti y de tus estupideces. Me marcho ahora mismo de casa. 

Y antes de poder responder, apremiado porque ni siquiera porta un mísero comodín de la llamada telefónica a un amigo para huir y tomar unas copas, ella replica con firmeza: Ni se te ocurra elegir la C, que de mí no te deshaces así sin más.
 Él se queda petrificado y antes de que ella continúe  gritando, apunta hacia ella con el mando a distancia y la apaga durante toda la noche. 

jueves, 11 de junio de 2015

AJUAR FUNERARIO, DE FERNANDO IWASAKI

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AJUAR FUNERARIO
FERNANDO IWASAKI
PÁGINAS DE ESPUMA, 2012. 7ª EDICIÓN


Quizá el tema más importante que atañe a los seres humanos  siempre haya sido y siga siendo la muerte. En la literatura esta preocupación ha dejado un indeleble rastro en un sinnúmero de obras que aquí sería imposible de reseñar (desde Gilgamesh, pasando por los románticos, hasta llegar a nuestros días). Estos ajuares funerarios, estas piezas hiperbreves se constituyen asimismo una suerte de historias tétricas, fantasmagóricas y sorprendentes que apelan a Tánatos.
En esta antología de minificciones Fernando Iwasaki (Perú, 1961) ha encontrado una fórmula cuyos resultados finales son destacables: brevedad más fantasmas igual a terror encapsulado y electrificante.  Sobra decir que Iwasaki es un notable narrador con más de veinte libros publicados y numerosos premios que avalan su trayectoria como escritor. De hecho, Basilio Pujante, en su Tesis Doctoral dedicada al microrrelato, destaca Ajuar funenario como ‘uno de los volúmenes de minificción con mayor éxito editorial en España.’ (2009)
No obstante, no todos los cuentos aquí incluidos versan sobre espectros y aparecidos. El tema que vertebra el volumen es la muerte. La muerte desde varios ángulos, pero casi siempre una muerte horrenda, espectral, vista desde el otro lado, desde el Más Allá. Un homenaje al relato clásico de terror. Y al relato fantástico. Aunque Iwasaki también encuentra momentos para deslizar algún atisbo de humor negro y siempre punzante, como en el hilarante y genial cuento Peter Pan.
La mayoría de estas breves historias son narradas en primera persona. Un narrador homodiegético que no nos permite permear en la totalidad de la trama, haciendo que esa visión parcial  mantenga al lector despistado, ‘engañado’ hasta el término de la narración. Con este mecanismo, Iwasaki da un volantazo en la última línea, un giro sorpresivo, provocando el asombro, el desconcierto. A veces, el narrador es un niño, lo que este efecto de narrador poco fiable se intensifica.
Resultado de imagen de ajuar funerario fernando iwasakiEn estas piezas abundan los seres deformes y los monstruos. Muchas veces su identidad no está demasiado clara y solo al final del cuento seremos testigos del misterio, de la abominación, del juego de espejos borrosos. Hay fantasmas que tratan de mantener su parcela de realidad, a costa del terror o la angustia que puedan causar entre nosotros, los vivos. Casas encantadas, ambientes claustrofóbicos, ouijas, chicas del auto-stop, feroces monjas, enterramientos, sangre y vísceras. Hay recuerdos de la infancia, que devienen en pesadillas recurrentes de las que es difícil escabullirse. Reescrituras de cuentos como el de Caperucita, en el que…Mejor lo leen.
Iwasaki demuestra un pulso excepcional para condensar en unas pocas líneas una historia completa, que casi siempre, cierra en un punto distinto y sorprendente para el desprevenido lector. Además, el lenguaje del que se vale es sencillo y directo, buscando resaltar la narratividad sin florituras ni excesivos experimentalismos.
Se huele a Edgar A. Poe y a Cortázar. Pero también el aliento de aquellas criaturas innombrables de Lovecraft. Se puede rastrear la huella del relato clásico decimonónico europeo, lo que unido al formato hiperbreve, a mi entender, como apunté al comienzo, imprime a este homogéneo conjunto de microrrelatos un estilo marcado y original, de ágil lectura y de gran calidad literaria. El único pero que se podría encontrar al libro es que el final sorpresivo, del que Iwasaki demuestra ser un maestro, al ser utilizado de un modo tan reiterativo, pierde su efecto, sobre todo en un lector, como es mi caso, que devore historia tras historia.
Ajuar funerario es un libro macabro y delicioso, una pequeña reliquia mortuoria que el lector inteligente sabrá devorar, a pesar de los espectros y la sangre que brotarán durante su lectura.

sábado, 6 de junio de 2015

ENFERMEDADES LITERARIAS




"Mi hipocondría, a decir verdad, es un talento especial que consiste en esto: saber extraer de cada incidente de la vida, sea cual sea el nombre que lleve, la mayor cantidad de veneno para mi propio uso." 
LICHTENBERG




A Enrique Vila-Matas, un verdadero enfermo no imaginario de literatura.



Resultado de imagen de mal de montanoA raíz de La Odisea, la primera obra literaria occidental ya se han puesto nombre, al menos, a un par de dolencias: el síndrome de Ulises y el complejo de Telémaco. Pero hay muchas más de urdimbre clásica: el complejo de Electra; el complejo de Edipo, que ya describieron Freud o Sófocles. Y Shakespeare, cuyo Hamlet es quizá el epítome de enfermo literario por excelenciaEn su versión más siniestra tendríamos un hipotético y terrorífico síndrome de Norman Bates. Está el Mal de Montano, que es una excesiva obsesión por la literatura, que acuñó el doctor Pasavento/Vila-MatasDe herencia folklórica existe el síndrome de la Bella Durmiente: desorden en el que sus afectados duermen más de lo habitual y tienen una extraña desinhibición sexual. A partir de los cuentos de Lewis Carroll quedó inventariado esíndrome de Alicia, enfermedad extraña que se caracteriza por una anomalía en la visión, como el entrañable personaje de Carroll –y quizá su autor- en ese hermoso libro pionero de la literatura psicodélica y alucinatoria.  Si recordamos, en el primero de sus episodios, Alicia encuentra un frasco que la hace crecer, y por lo tanto ver las cosas muy pequeñas, distorsionadas. También está el síndrome de Pinocho, dolencia literaria que todo escritor padece de un modo crónico, ya que los pinochos afectados son incapaces de decir la verdad. Algo más llevadero y diplomático que ese otro síndrome llamado de Guilles de la Tourette, que hace decir obscenidades sin control a quienes lo padecen. Grandes escritores al parecer sufrieron esta extraña anomalía psíquica, entre ellos Samuel Johnson o Molière. Y aunque no sé si creo que esté demostrado, yo diría que también lo padeció, aunque en su versión más literaria, otro escritor contracorriente con su época, el francés Céline, precursor de una literatura desencorsetada, sin tapujos y atrevida. Un escritor que por su ideología antisemita fue encarcelado y desterrado. El autor de esa magnífica obra que es Viaje al fin de la noche. 


Se ha hecho también célebre  ese síndrome de Peter Pan, que se aplica a aquellos adultos que se niegan a crecer, como parece que el ocurrió al propio escritor, J. M. Barrie. Si uno investiga un poco se dará cuenta de que la literatura de ficción ha contaminado la literatura médica. Se cuentan por decenas los síndromes de nomenclatura literaria: síndrome de Rapunzel (dolencia estomacal), de Otelo (referente a celos exacerbados) o de Madam Bovary (caracterizado por la insatisfacción). El síndrome de Stendhalenfermiza sensibilidad a la belleza artística. Habrá más, pero como no soy médico prefiero inventarme yo unos cuantos. Por ejemplo el síndrome del Coronel, extraña afección, caracterizada por una exacerbada ansiedad y deseo de recibir cartas o mails y, por lo tanto, una consulta compulsiva del buzón o bandeja de correo. También me parece necesario inventariar el síndrome de Godot, ansiedad por acontecimientos futuros. (Resulta que lo he consultado en Internet y alguien lo acuñó antes que yo.) El síndrome de Dulcinea, dolencia que sufrirían algunos hombres muy imaginativos que se enamorasen de mujeres inexistentes. Y, por qué no, el síndrome de Bartleby, una procastinación crónica que impediría a sus aquejados cualquier movimiento, cualquier acción, cualquier trabajo. 

Estoy seguro de que si excavamos un poco, cualquiera puede ser un enfermo, cualquiera de nosotros ha podido heredar una enfermedad literaria real o no, da igual. De momento yo sufro un poco de Montano, pero leo o escribo y se me va pasando.





PUBLICADO EN SUPLEMENTO LIBROS, LA OPINIÓN DE MURCIA 6 JUNIO 2015