domingo, 19 de octubre de 2014

LAS PRISIONES DEL ESCRITOR

“Llevamos siglos separando ficción y realidad con un biombo imaginario. El biombo —gran invento japonés— divide en dos espacios una habitación y nos ofrece la posibilidad de diferenciar las dos áreas. Pero la separación es artificial, puesto que oculta que, de hecho, hay un solo espacio.”

E. VILA-MATAS




Todo escritor es un escritor secreto, que se oculta en su despacho, en sus libros y en su propia efigie de escritor. Se sienta  frente a su ordenador y aporrea el piano arrítmico de su teclado en busca de una sinfonía imperfecta que habrá algún día de definirle y hacerle visible.  
Aunque el que se hace visible solo es el otro, el relaciones públicas del escritor, el que da conferencias, presenta el libro y concede entrevistas a los medios hablando en una fingida primera persona. El que va al supermercado y se preocupa de que no falte papel higiénico en el rollo, ni tinta en la impresora. El otro, el que escribe y sueña siempre permanece al margen, tras el biombo.
Todo escritor es dos personas, a veces tres si tiene familia y  una vida social normal o incluso, como en la mayoría de los casos, ‘otro empleo’ que le da de comer y con el que paga las facturas. Dr. Jekyll escribe mientras Hyde vive y trasnocha y se entera de las noticias.
El escritor no se esconde por miedo ni por necesidad, sino por placer, es decir porque su cabeza no para de viajar y habita dos mundos (que es lo mismo que no habitar ninguno, siempre lejos y exiliado del otro hemisferio) y ha de visitarlos de forma constante para no perder ese vínculo sagrado con el otro lado. Un extranjero. Un nómada. Un extraño. Todo junto.
El escritor, un  pez raro que nada a contracorriente, buscador incansable y aburrido de su persona, en un mundo en el que todos huyen de sí mismos, se esconden en colectividades, banderas, equipos de fútbol, maquillaje, músculos y otras perversiones. El escritor, que siempre sabe que buscarse a sí mismo es lo único que le interesa, acaba por encerrarse en su guarida de papel, pero tiene que emerger de ella por fuerza o necesidad.  Porque la literatura es inventar un mundo privado que solo adquiere total significado cuando se asoma al otro lado de lo público, a través del lector. El lector al final es el más afortunado de los viajeros porque puede otear el universo secreto y peligroso del poeta sin ser lastimado por sus demonios y trampas. Cuántos escritores han perdido la razón en el viaje al ultramundo de la literatura, y qué pocos lectores, en cambio. Quizá el afortunado lector, que cree compartir destino con ese otro gran lector que perdió el juicio, Don Quijote, ignora que en realidad Alonso Quijano no era un lector sino un escritor oculto; porque la figura triste del hidalgo manchego era nada menos que la sombra de Cervantes, el gran preso de la literatura universal, aquel que siguió encerrado en una biblioteca imaginando que viajaba por la Mancha con un regordete compañero. Lo dijo Borges no yo.
El escritor es un viajero lento de interiores y apariencias. Un falso viajero que a través del lector escapa de su cárcel. Una fuga frustrada que siempre llega tarde. Aunque al final eso está bien, porque se crea un puente y ese puente conduce al solitario escritor al mundo de afuera, aunque el lector piense que está entrando en el libro. No, el que se escapa de su jaula de fantasías es el escritor, camina por el exterior que le ha fabricado el lector hasta que éste le cierra la puerta, cierra la última página, lo olvida…

El escritor es un viajero subsidiario, un preso que viaja con la imaginación del lector.

PUBLICADO EL SÁBADO 18 de Octubre 2014 en el Suplemento LIBROS de La Opinión 

sábado, 18 de octubre de 2014

LA POSESIÓN DE ELÍAS QUIROGA





665. Posesión

La familia Quiroga era feliz:
Atracaba  cafeterías y violaba niñas
Y no pagaba los impuestos y
Viajaba al infierno en coches robados
Y unicornios de contrabando..
Eran cinco contando a Elías.
La madre solía decir cabrones. Y putas.
Pero una noche extraña y celestial,
Elías sufrió una posesión: Un ángel
Desalmado y Bueno…
Lo poseyó.  Elías
Empezó a hablar lenguas extrañas: chino mandarín
E inglés comercial. Recitaba  letanías con
Recetas de cocina pakistaní y
La Constitución, y empezó a afeitarse,
Acudía  al coro de la iglesia y encontró un trabajo de conserje.
Y la familia sufrió lo indecible
Y casi siente su humanidad, casi.
Y pagó el sello del coche. Y buscó novia formal.
Y escribió al rey por navidad.

666. Exorcismo.

Qué desastre.
Llamaron a un especialista.
A las doce llegó el exorcista,
Un señor de rojo con bigote
Y alma y maletín y olor a vino barato.
Abrió su caja y sacó el agua maldita
Y  roció a Elías, y le recitó versos satánicos,
Y le introdujo un Anticristo por la boca.
Y leyó a E. A. Poe. 
Elías expulsó flores y osos de peluche, mariposas horrendas
Y blancas palomas de la paz por las orejas.
Y tras varios asaltos, con sudor, jadeos
Y espasmos ocurrió el antimilagro. Y tuvo un orgasmo.
Elías prorrumpió: Cago en dios, trae una cerveza,
So puta. Y su madre, con lágrimas en los ojos,
Lo abrazó, le abofeteó con cariño
Y fueron a beber cerveza y
A matar a niños de trece años y un día.
A su novia formal la cogieron entre todos y…






Pedro Pujante 

sábado, 11 de octubre de 2014

LA FELICIDAD: EL MAYOR PRODUCTO DE ESTE SIGLO




Sonría para la foto, que hay muchas cosas nuevas por las que alegrarnos en este mundo futurista en el que vivimos, un ‘mundo feliz’ en el que la tristeza está diagnosticada como enfermedad seria y contagiosa. No creo que antes de inventarse el consumismo y el materialismo la gente fuese tan infeliz o desdichada. Quizá adolecerían de otros trastornos: hambre, locura, melancolía…pero no estrés o depresión; porque el estrés, la insatisfacción y la depresión son fiebres que vienen con los horarios y la posmodernidad, con esta vida de ahora o nunca, en este mundo el que el presente se dirige incansable hacia un futuro soñado.  
Como decía, sonría, hay muchas cosas en este nuevo mundo, y todas nos quieren llevar al mismo lugar: la felicidad extrema. Tener y tener para eludir un vacío físico, almacenar objetos inservibles en el desván, ropa sin usar en el armario y sentimientos escondidos que no sabemos bien cuándo sacar a pasear. Porque solo hay una norma clara en nuestra sociedad: la obligatoriedad de ser feliz. Pero, claro, para ser feliz se deben reunir unos requisitos. En el televisor los podemos aprender fácilmente si prestamos atención, porque hace falta un televisor, oráculo que todo lo sabe. A saber, se precisa para una felicidad de usuario medio: un automóvil, un pisito hipotecado (antes eran dúplex o áticos pero con la crisis del ladrillo…), una vida conyugal con niños (chico y chica, a ser posible), boda por la iglesia (aunque se profese un ateísmo de lo más  contumaz), vacaciones en Marina Dor, estar delgado y ser siempre joven. Sin embargo cada día somos más obesos, más divorciados y más viejos (miren las estadísticas, no lo invento yo). ¿Qué está ocurriendo? Pues que quizá tras la promesa comercial de un mundo feliz se esconde otra más provechosa: un mundo insatisfecho. Porque la primera ley del márquetin no se aviene a dudas: hay que crear la necesidad del consumidor, ya que antes que ciudadanos o personas somos consumidores. ¿Crear la necesidad? Eso es, y un mundo insatisfecho es un mundo infestado de necesidades y ávido de perfumes y gimnasios. Me siento gordo y feo, gasto dinero en dietas milagrosas, cremas de marcas que prometen retornar tu piel a una adolescencia ya exhalada. El automóvil de mi vecino es grande, brillante y nuevo. Cambio el mío, ahora mismo. Mi casa no tiene suelo de tarima como la de Borja, el del cuarto. Etcétera.

 La camisa te define como miembro de la tribu y cada año la moda te hace sentir que puedes decidir tu destino en la sociedad con solo ponerte este polo con un cocodrilo en el pecho. Objetos que no necesitamos nos ahogan en una búsqueda incesante de la felicidad. Sonría, hay que consumir todos los antidepresivos que se están fabricando, hacer el amor x veces o algo va mal. Por supuesto, la foto la subiremos a la red social, hay que demostrar qué felices estamos todos.

Tal vez la clase media, enfrascada en su cruzada por una vida plena, se olvida de la verdadera felicidad. Llegar a fin de mes, pagar la letra del coche o la factura de la contribución nos tengan tan ocupados que no podamos pensar en qué es lo que de verdad nos hace ser felices. La respuesta no creo que esté escondida en ese libro de autoayuda que firma un psicólogo argentino. Ni siquiera creo que exista una respuesta definitiva y válida para todos. Cada cual habrá de encontrar su propio camino, así que búsquelo. (Esta última frase me ha salido un poco a lo Punset, pero, ¿quién soy yo para no dar algún consejillo e interponerme en su camino hacia la gran felicidad?)

viernes, 19 de septiembre de 2014

ESTRENO DE 'UN ENCUENTRO CASUAL', UN CORTO BASADO EN UN RELATO DE PEDRO PUJANTE Y DIRIGIDO POR MIGUEL PEÑALVER.



El artista audiovisual Miguel Peñalver ha dirigido este cortometraje basándose en un relato del escritor Pedro Pujante. Pujante, además, colaboró en la confección del guión.
Ha sido grabado con voz en off en inglés y con subtítulos en español.
Los actores son la deslumbrante Isa Espín y un imponente Rafa Granados. La música es original  y ha sido compuesta por Perico Baños.
¿DE QUÉ VA?
La historia relata una intriga de amores recuperados, celos y odio; sentimientos que se entremezclan y confunden en una espiral imparable que parte de un encuentro casual y nos conducirá a un final inesperado.
El cortometraje ha sido grabado en un sobrio blanco y negro que lo dota de fuerza y magnetismo. Una pequeña joya de cine noir con gran influencia del cine clásico pero revestido de filosofía y la magia del mejor cine de autor.
PUEDES VER EL CORTO PINCHANDO AQUÍ.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

LA MUERTE DE OTRO VERANO





Cada vez soy más terrícola, pero de tierra con hormigón y asfalto, terrícola urbano. Y aéreo, pero no de cielo sino de balcón o terraza y aire pero acondicionado. Quizá porque uno camina hacia el suelo final de mármol y tumba y se va acomodando a las formas pétreas de la ciudad. Y por eso también, Mazarrón, la bella playa de Mazarrón se me reduce al apartamento „faro desde el que vigilo el mar, pero en la distancia„, el paseo, los bares, alguna piscina enlosada y sin sal ni algas ni caló?
Desde mi balcón escribo y miro, y veo a los playeros volver de su mañana de playa derrotados, vencidos por la marea incansable del mar. El desafío en el ruedo de arena, chiringuito y lágrimas; vuelven los bañistas con sus sombrillas en ristra como lanzas de un combate que ha resultado, otra vez, como siempre, victorioso para el Mediterráneo y su calor de miles de años. El veraneante de playa se cree que no está en un mercado de bolsos, toallas, collares y baños, de niños corriendo y jugando y manguitos de plástico de los chinos.
El veraneante, yo lo observo caminar desde mi balcón, regresa del baño cansado, cabizbajo y con el ánimo consumido por el anonimato y el estrés de una batalla cotidiana e insalvable. Su rostro es el mismo que muestra la foto de su carné, o el que pone en la sala de espera del hospital, la cola del súper o justo antes de entrar a trabajar. Los hijos no, los niños juegan todavía porque no saben que vienen de una rutina veraniega, no saben todavía que la mañana de playa y sol es un combate a vida o muerte, quemaduras de piel o medusas, en el que el primero en llegar planta su bandera-sombrilla y gana algún punto de ventaja.
A los niños no se les nota la derrota, ellos siempre ganan en el mar porque creen que es una piscina de barrio enorme. Y a las ninfas no le tenemos en cuenta nada, porque lo mismo son sirenas y ese es su medio y sus cuerpos preñados de inocencia están más allá de la terrible soledad del bañista veraniego.
Muchos playeros, los más jóvenes, vuelven tapados con sus toallas, las usan como capas medievales y viven en un enero frío y suyo. Parecen príncipes destronados de un mundo imaginario y solar, de barcos que solo se pueden ver de lejos, como espejismos o ballenas, el decorado de un estío que acabará por ser barrido por una vida de otoños, primaveras y colegios y dentistas.
Es posible que algunos bañistas vuelvan a la sesión de la tarde, tras la comida y la siesta reparadora. Es posible que empuñen sus silletas y sus toallas de colores y se entremezclen en el zoco mediterráneo de la playa, porque todas las playas son la misma si las observo desde mi balcón. La batalla de la tarde, arrojará más o menos los mismos resultados que la de la mañana: el mar, como la banca, siempre gana, y el sol se pondrá, las medusas fantasmales mudas y expectantes mirarán los pies del bañista y llegará el otoño y la noche sin playas de un septiembre que siempre ha estado aquí.
Y este verano, como los anteriores, se transformará en un recuerdo leve.

















PUBLICADO EN LA OPINIÓN DE MURCIA

viernes, 29 de agosto de 2014

DUBLINESCA Y ULISES, JOYCE Y VILA-MATAS en EL COLOQUIO DE LOS PERROS POR PEDRO PUJANTE.






VILA-MATAS, EL INVENTOR DE JOYCE. UNA LECTURA DE "DUBLINESCA"
por PEDRO PUJANTE

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es autor de una variada y nutrida suerte de títulos, entre los que encontramos novela, ensayo, artículo literario y cuento. Su deambular funambulista y promiscuo por los géneros ha producido libros tan originales como inclasificables: Historia abreviada de la literatura portátil (1985) o Bartleby y compañía (2001), por citar algunos ejemplos.

En sus propuestas más metaliterarias abundan constantes alusiones y referencias a autores y libros, siendo en muchas de ellas escritores los principales protagonistas, doppelgängers más o menos reconocibles del propio Vila-Matas, pliegues de su personalidad literaria. Su obra y su biografía se funden, constituyendo un universo literario original, repleto de guiños a su propia realidad y vida como escritor, inscribiéndose en la tradición de la autoficción.

Sin embargo, quizá por distanciarse, en Dublinesca (2011) es un editor el protagonista, y a diferencia de la mayoría de sus autoficciones novelescas, está escrita en tercera persona.


Si tenemos en cuenta que el capítulo sexto de Ulises está regido por el Hades y por la muerte comprenderemos que, en cierta manera, Dublinesca reproduce este motivo de un modo igualmente desenfadado y desmitificador que el autor de Dublineses. Para Riba, protagonista de la novela, la muerte no es otra que la de la literatura. El fin del mundo es para Samuel Riba (y por supuesto para su alter ego Vila-Matas. Este afirmó en una entrevista: «Para construir ese personaje partí de mí y luego le fui dando forma con cosas de editores que he conocido», el fin mismo de la literatura. Y para celebrar el fallecimiento del mundo literario no se le ocurre otra cosa que acudir a Dublín. Leemos en la página 24: «Podría ir a celebrar los funerales de la galaxia Gutenberg a la catedral de Dublín, que es San Patrick, si no recuerdo mal». De este modo, el entierro simbólico de la literatura al que acude Riba en Dublinesca es un claro guiño al entierro de Digman en Ulises, proyectando un paralelismo entre ambas obras que servirá de hilo conductor para la novela de Vila-Matas.

¿Qué es Dublinesca? Si nos limitamos a recoger el argumento, podríamos decir que el libro trata de un cansado editor, Samuel Riba, que al final de su vida laboral y emocional —acaba de deshacerse de su editorial—, triste, acabado, solo y vacío decide celebrar el entierro de la literatura en la capital de Irlanda. El título Dublinesca proviene de un poema de Philip Larkin, que según Vila-Matas trata «sobre el entierro de una vieja prostituta al que sólo acuden compañeras de profesión». Y después añade Vila-Matas: «Esa vieja puta, pensé, podría ser la literatura».

Al igual que en Ulises, en Dublinesca se respiran ironía y autoparodia. Si Joyce pone en tela de juicio al ser humano, enclavando el universo y el periplo de la mayor hazaña jamás contada de la literatura (La Odisea) en una ciudad irlandesa, en un día trivial de junio, Vila-Matas parte de esta premisa desacralizadora para enterrar nada más ni nada menos que a la Literatura por un editor barcelonés fracasado en una ciudad extranjera para él. De hecho, a pesar del tono melancólico y otoñal de algunos de los pasajes de Dublinesca, como ocurre en el joyceano capítulo VI, el resultado es sumamente divertido, delirante y muy autocrítico. De hecho, en Dublinesca nos dice el narrador sobre Ulises que este capítulo sexto es «triste, una meditación sobre la muerte, el más triste que ha leído en su vida». Sin embargo, al igual que toda la obra de Vila-Matas, está teñido de sarcasmo e ironía. Las aproximaciones al tema de la muerte son escamoteadas con pensamientos banales, un asunto demasiado serio, que dijera Wilde, para tomárselo en serio.

El humor es uno de los ingredientes, al igual que en la obra de James Joyce, de Dublinesca. Para comenzar, el solo hecho de plantear la hiperbólica tarea de enterrar a la Literatura resulta hilarante, absurdo, cómico, descabellado.

Samuel Riba es un antihéroe especular de Leopold Bloom. De hecho, a lo largo de su periplo dublinés, Riba comenzará a mutar y a sentirse identificado con él:


No está muy seguro, pero diría que Bloom, en el fondo, tiene muchas cosas de él. Personifica al clásico forastero. Tiene ciertas raíces judías, como él. Es un extraño y un extranjero al mismo tiempo. Bloom es demasiado autocrítico consigo mismo y no lo suficientemente imaginativo para triunfar, pero suficientemente abstemio y trabajador para fracasar del todo. Bloom es excesivamente extranjero y cosmopolita para ser aceptado por los provincianos irlandeses, y demasiado irlandés para no preocuparse por su país.

(Dublinesca, página 60)


Como vemos, Samuel Riba desde el comienzo empieza a establecer paralelismos con el protagonista joyceano. Se percata de la mediocridad que caracteriza a ambos, y de este modo inicia lo que será para él su particular y privada odisea por Dublín. Pero más que una odisea, será una uliseada vertebrada por el sexto capítulo: «…y se concentra en el capítulo sexto que quiere revivir en Dublín y que inicia después de las once de la mañana…» (Dublinesca, página 130).

Comienza así su ruta joyceana tras los pasos de Bloom en el citado capítulo de camino al Prospect Cemetery.

Es evidente que Dublinesca es algo más que una novela de corte tradicional. Hay, como en la obra de Joyce y de otros novelistas modernistas, un intento de escapar de los clichés clásicos, de adoptar una mirada original y de valerse de un lenguaje innovador, un intento de aprehender una realidad más compleja y dilatada que la que la novela decimonónica trataba de mostrar. Si hemos comentado que adopta Ulises, en concreto su sexto capítulo, como hipotexto, también es cierto que las referencias literarias, culturales, cinematográficas o musicales son muy variadas y nutren la trama. Sin contar, los juegos apócrifos (su biblioteca imaginaria es infinita) a los que Vila-Matas es muy dado y que dificultan la tarea de quien quiera rastrear sus influencias.

Samuel Riba, en sus divagaciones literarias, en su devenir triste y melancólico, se rodea de sus propias fantasmagorías y fantasmas. Y recuerda aquella descripción del espectro que se halla en Ulises y que Vila-Matas incluye literalmente en su novela: «—¿Qué es un fantasma? —preguntó Stephen—. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres».

En definitiva, otra versión de la desaparición, otra metáfora de la defunción de la literatura, que refleja las preocupaciones por el constante cambio y las crisis estética y cultural que los autores modernistas han sentido padecer. Y que su sucesor Riba/Vila-Matas muestra igualmente.

Más adelante, la lluvia incesante de la ciudad irlandesa y el recuerdo de una frase de Samuel Beckett («Al final del muelle, en el vendaval, nunca lo olvidaré, allí todo de golpe me pareció claro. Por fin la visión») evocan en Samuel Riba la imagen de la gabardina, la Macintosh, que aparece en el sexto capítulo de Ulises. Esta gabardina la viste un desconocido que asiste al entierro de Paddy Dignam. Nadie sabe quién es. Leemos en el sexto capítulo: «¿Quién será ese larguirucho de ahí con el impermeable? Me gustaría saber quién es. Daría cualquier cosa por averiguarlo».

Esta primera referencia al desconocido que viste una Macintosh (un impermeable) hace reflexionar a Samuel Riba sobre el significado que más relevancia tiene hoy día el término ‘Macintosh’: un ordenador personal. Y de nuevo, se vale Vila-Matas de esta dicotomía (impermeable antiguo/ordenador moderno) para plantearnos ingeniosamente el dilema de su héroe, el salto de la era Gutenberg a la era digital, la muerte de la vieja literatura a manos de un mundo tecnificado. A lo largo de la novela de Joyce este desconocido llamado Macintosh aparecerá en sucesivas ocasiones (diez veces en total, nos aclara el narrador de Dublinesca).

Y más adelante se nos plantea la curiosa cuestión: ¿y si el misterioso señor larguirucho de la gabardina Macintosh no fuese sino el propio autor de la obra: el señor Joyce? ¿Y si el propio Joyce se hubiese incluido en la novela, como un personaje marginal, como si se tratase de un imprevisto autorretrato, disimulado entre los cientos de personajes que deambulan por el ficticio Dublín del 16 de junio de 1906?

Vila-Matas conduce a su Bloom-Riba al Prospect Cemetery. Reproduce el itinerario y los acontecimientos de Ulises, en un paralelismo cada vez más confluyente y paródico. Intercala fragmentos de Ulises y los adultera con citas propias. También se toparán los personajes vila-matianos en repetidas ocasiones con el «larguirucho del mackintosh». Se preguntan, como en la obra de Joyce, quién será. «Riba sigue con la mirada al desconocido del impermeable y al poco rato lo ve adentrarse en la niebla y poco después borrarse, desaparecer en ella. No vuelve a verle más». Ese misterioso hombre podría ser el propio James Joyce, nos aclara el narrador de Dublinesca. «En este mismo camposanto, en otros días, Bloom llegó a ver a su creador». Y por supuesto, al lecto-espectador de la novela Dublinesca le podría igualmente parecer que ese que en ella aparece no fuese sino el propio Vila-Matas. Interrogando a Enrique Vila-Matas al respecto nos revela: «Escribí todo el libro para poder llegar a esa secuencia en la que el personaje me miraría. Me daba miedo pensar que llegaría a ese momento. Pero finalmente llegué. Y me dio miedo». Quizá, como Unamuno en Niebla, Vila-Matas ha querido enfrentarse a su criatura ficcional y en el espejo extraño de su propia literatura se ha visto a sí mismo, a través de la mirada de su personaje.


Si bien Ulises es una obra compleja, densa y variada, que opera en muchas direcciones y rica en registros, vocabulario y técnicas narrativas, el capítulo sexto es, de un modo aislado, bastante asequible para una lectura significativa y ofrece muchas de las claves de la poética de Joyce y de su novela. Además, como hipotexto deDublinesca hace que ambas lecturas se complementen y enriquezcan, creando un puente intertextual de gran interés para el lector actual.

Borges escribió: «cada escritor crea sus precursores. Su labor modifica nuestra concepción del pasado, como ha de modificar el futuro». En este sentido, podemos igualmente afirmar que, como dijera Borges, Don Enrique Vila-Matas, caballero de la Orden del Finnegans, arroja luz sobre su precursor, James Joyce y sobre suUlises. Lo hace comprensible de algún modo, lo rescribe parcialmente y nos lo acerca a través de Dublinesca para que mediante una lectura complementaria, reflexiva y comparativa podamos disfrutar y desentrañar aspectos literarios que comparten ambos escritores, ambos libros, ambos tiempos. En definitiva, Vila-Matas inventa a Joyce.


BIBLIOGRAFÍA



—Barón, Emilio, Literatura comparada. Relaciones Literarias Hispano-inglesas (siglo XX), 1999, Universidad de Almería.

—Borges, Jorge Luis, ‘Kafka y sus precursores’ en Otras inquisiciones, 1952, Buenos Aires, Sur.

—Burger, Peter, Teoría de la vanguardia, 1987, Barcelona, Península.

—Joyce, James, Ulises, traducción de Enrique Castro y Beatriz Blanco, 1991, Barcelona, Anagrama.

—Joyce, James, Ulises, traducción de José María Valverde, 1983, Barcelona, Bruguera.

—Joyce, James, Ulises, traducción de José Salas Subirat, 1945, Buenos Aires, Santiago Rueda.

—Vila-Matas, Enrique, Dublinesca, 2011, Random House.

—Vila-Matas, Enrique, Fuera de aquí, 2013, Galaxia Gutenberg.

—Vila-Matas, Enrique, Chet Baker piensa en su arte, 2011, Random House.



(Publicado en LIBROS, La opinión de Murcia (septiembre, 2014)







TODO EL ARTÍCULO EN LA PÁGINA DE EL COLOQUIO DE LOS PERROS

martes, 26 de agosto de 2014

RESEÑA DE MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ EN PRESENTE CONTINUO DE LA OPINIÓN

DOMINGO 30 / Ciencia ficción  
Te levantas temprano a correr. Quieres aprovechar el día y lo haces. Te encuentras a media Murcia corriendo por la mota del río. La fiebre del running se está yendo de las manos. Corres incluso tú, que en tu vida has hecho ejercicio. Desde luego, algo extraño está pasando. Esa misma sensación de extrañeza es la que tienen los habitantes de Orentes, el pequeño pueblo murciano al que van a llegar los extraterrestres enEl absurdo fin de la realidad, la novela de Pedro Pujante que consigues leer casi de un tirón durante la tarde. Supuestamente es un libro de ciencia ficción, pero en el fondo es una anti-novela llena de reflexiones sobre la literatura. El protagonista del relato intenta escribir un discurso de bienvenida para los extraterrestres, y mientras éstos llegan, el texto se llena de autores y referencias a obras de ciencia ficción, pero también a clásicos de la literatura. Y al mismo tiempo, mientras la llegada no acaba de llegar, la realidad comienza poco a poco a descomponerse. El espacio y el tiempo, e incluso la voz del narrador, empiezan a confundirse y modificarse. Disfrutas mucho con la lectura, que por momentos se vuelve hilarante. Un descubrimiento.
 
MIGUEL ÁNGEL HERNÁNDEZ
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