miércoles, 3 de julio de 2019

LA SECTA DE LOS AIREANOS



La argentina editorial Mansalva hace dos meses publicó el último libro de César Aira: El presidente (abril 2019). Antes de ponerme a leerlo, con la paradójica mezcla de curiosidad y cansancio que me instiga cada vez que tengo en mis manos un nuevo libro de Aira, me pregunto: ¿de cuántos ejemplares constará esta edición? En otras ocasiones, al final del libro se señalaba, solían ser 1000 unidades, una cifra que siempre me ha parecido baja tratándose de este escritor, quizá el más conocido de la Argentina actual, aunque posiblemente no el más leído. ¿Será porque su literatura no es comercial? ¿O porque así, editando en pequeñas remesas, se evita masificar una literatura que se sabe de antemano de culto, minoritaria?
Resultado de imagen de cesar aira caricaturaDe esa tirada de, supongamos, 1000 ejemplares, ¿cuántos habrán volado hasta España? Y de los aterrizados en España, ¿cuántos se habrán comprado en Murcia? Dos, tres, uno, quince, treinta. Sospecho que pocos, quizá hasta este que tengo en mis manos sea el primero en ser leído por un murciano. ¿Seré el único lector de Aira en mi barrio? Ni siquiera la camarera de la cafetería, que es argentina, de Rosario, conoce a un tal César Aira.  El libro me ha costado 20 euros. Pero, estoy convencido, en cosa de 2 años será un “inencontrable” y se podrá pedir por él el doble o el triple. Si me espero unos 10 años, Aira ya será un ancianito que no puede escribir más o que se ha desintegrado en gotas para pasar a formar parte del cosmos, y el libro habrá adquirido la categoría de pieza de museo y podré pedir por él 1000 euros o más. Si lo aguanto hasta hacerme viejo yo hasta podría hacerme millonario con él. Es posible que los lectores de Aira, por ese entonces distópico, se hayan convertido en una secta (los aireanos tiene nombre de culto místico, qué duda cabe) y su misión sea una suerte de evangelización inversa, consistente en buscar y recoger todos los libros del autor, crear una biblioteca total que contenga todas y cada una de sus publicaciones para construir un templo en su honor. Todo aireano intuye que recopilar todas las novelitas de su dios es una tarea titánica, casi infinita, un deseo espiritual más que una realidad. Incluso hoy, sus humildes lectores, que cada vez son más, aunque siempre minoritarios, sueñan con poder leer todos sus libros. Conocer el total de su mensaje. No sé si habrá alguien en el mundo que haya leído toda su obra. Al menos una vez. Leer “todo Aira” se asemeja a la carrera de Aquiles y la tortuga, cuando has leído el último libro se editan dos más, si lees dos, se publican tres, y así.
Pero volviendo a la especulación de un futuro postaireano: mi reluciente ejemplar de El presidente, una de las últimas piezas más cotizadas por su feligreses, será objeto de culto, un santo grial que solamente tendré yo. Los demás se han perdido, se han extraviado o los conservan bibliófilos celosos que jamás harán públicos sus paraderos: (Vicente Luis Mora, tiene uno, seguro; Sandra Contreras, también; Ariel Magnus, otro). Por haber publicado este texto delator me tendré que esconder para que no me den caza los aireanos, me buscarán por todo el mundo, para acabar conmigo y robarme el librito. También cabe la posibilidad de que yo me haya convertido en miembro de esta extraña secta y que haya donado mi ejemplar para la gran biblioteca, para completar el corpus aireano definitivo. Quién sabe, el futuro es siempre un misterio. ¿En qué bando estarás tú, lector? ¿Serás aireano o agnóstico? ¿Serás un creyente de esta religión en la que la realidad es un simulacro y todo evento puede ser tan absurdo como verosímil? El futuro nos dará la respuesta.

lunes, 1 de julio de 2019

EL POEMA "VIAJEROS EN EL TIEMPO LA VIDA ES UN BUCLE MORTAL" HA QUEDADO FINALISTA EN EL XI CERTAMEN INTERNACIONAL DE POESÍA FANTÁSTICA MINATURA



VIAJEROS DEL TIEMPO. LA VIDA ES UN BUCLE MORTAL

Hemos construido una máquina del tiempo
Con los restos de basura, los escombros,
Las esperanzas y nuestras manos.
Con todo lo que es el porvenir.
El futuro ha comenzado a tener sentido.
  has llorado de alegría, el Apocalipsis
Y tus lágrimas han coincidido
Justo en el instante en que la máquina
Ha comenzado a funcionar.
Viajamos al pasado, buscamos una respuesta
Antes de que los zombis y las plagas nos acorralen.
Hemos deconstruido el tiempo, somos libres.
Al fin.
Somos los salvadores de nuestra especie.
Estamos atravesando el pasado,
Tus nietos, ya viejos, nos han saludado con la mano,
Hemos sobrevolado ciudades en llamas,
Espacios y épocas pretéritas,
Leído libros que hablarán de nosotros,
Profecías sobre nuestra gran Gesta del Tiempo.
Somos los viajeros del tiempo de camino al pasado.
Viajamos cada vez más veloces,
Hemos llegado al Origen.
La guerra no ha comenzado,
Nadie intuye el Apocalipsis.
Aún.
Vemos nuestra nave en llamas y comprendemos
Que estamos atrapados en el Origen.
Y que el fuego que hemos provocado
Arrasa pueblos y engendra monstruos.
 Y es el motivo de esta guerra que hemos,
En vano, tratado de evitar.
El Origen del Mal somos nosotros.
Nosotros, los hijos del mañana, solo somos
Los padres, los culpables
De  nuestro propio Final.

LA NOVELA "EL SÍNDROME DE WAKEFIELD" QUEDA FINALISTA EN EL IV PREMIO GREGORIO SAMSA


jueves, 20 de junio de 2019

MIRCEA CARTARESCU. LA RESCRITURA DE LO FANTÁSTICO.

Se ha publicado en la Editorial Académica Española este ensayo sobre la obra de Mircea Cartarescu. En concreto sobre los elementos fantásticos que hay en ella y su relación con autores como Borges o Cortázar. Se buscan paralelismos y se examinan algunos de los tópicos -el Doble, los sueños o la infancia- para demostrar cómo el autor rumano rescribe la tradición y construye un universo propio. Además, este universo está configurado desde la figura del Yo, elaborando así una red de temas y motivos que se tejen en torno a su identidad. Autoficción fantástica y fantasías rescritas.

martes, 18 de junio de 2019

BUSCANDO A JAKE Y OTROS RELATOS, DE CHINA MIÉVILLE

PUBLICADO EN "LIBROS", DIARIO LA OPINIÓN DE MURCIA 15-6-2019


Para los aún no conozcan la obra del autor británico China Miéville (1972) este libro es una estupenda oportunidad para adentrarse de lleno en ella. Se recogen aquí doce cuentos de variada temática y una novela corta titulada “El azogue”. Hay en esta antología relatos fantásticos, de ciencia ficción y terror, aunque como siempre se ha dicho (en este caso es una verdad a medias) las etiquetas “fantástico” o “ciencia ficción” se vuelven insuficientes a la hora de definir la poética del autor inglés. También podríamos hablar de un fantástico de nuevo cuño (new weird), en el que predominan escenarios urbanos, crítica socio-política, monstruos postmodernos y una rescritura de los tropos fantásticos (el Doble o las apariciones fantasmales) desde una óptica más punk, estetizada, barroca, pulp y racionalizada. 
En cualquier caso, el lector disfrutará de estas historias en las que Miéville despliega su habitual delirante imaginación para construir tramas tan bizarras como coherentes, dotando a sus relatos de una fuerza arrolladora. Hay aquí una historia de terror, (“El parque de bolas”) la típica ghost storyaunque ambientada en una tienda tipo Ikea. También mundos apocalípticos en los que se libran batallas extrañas, ciudades asediadas por criaturas (más bien extrañas presencias) que amenazan a la humanidad (“Buscando a Jake”). De hecho, la ciudad (sobre todo Londres) es uno de los tópicos de Miéville. Las arquitecturas urbanas se convierten en algo más que escenarios. Son geografías móviles, fantasmales. En “Informe sobre diversos sucesos acaecidos en Londres” se describe un extraño acontecimiento consistente en el movimiento de calles a través del tiempo, una prosopopeya terrorífica y misteriosa. También es testigo el personaje de otro de los relatos, “Cimientos”, de cómo los cimientos de los edificios, entremezclados con cadáveres, se comunican con él, reiterándose esa condición orgánica y vital de la materia. Como en “Familiar”, relato de brujería urbana en el que una creación mágica comienza a cobrar vida valiéndose de materiales de desecho, de basura y de partes de otros animales, reconstruyéndose desde la nada, trasmutando lo espiritual en “real”. 
Aunque la realidad, la ciudad y la materia puedan sufrir cambios, alteraciones fantásticas, estas variaciones parecen estar sujetas, en ocasiones, a la percepción. Idea que se desarrolla en extensión en la novela La ciudad y la ciudad. Cómo percibimos la realidad la condiciona, es decir, la realidad es tan solo lo que somos capaces de percibir. Es un ejemplo de esto el relato “Detalles”. En él se nos cuenta cómo la posibilidad de percibir una realidad diferente que habita en los detalles de las cosas consigue vivificarse, como si “lo que se ve cobrase vida”, pero una vida amenazante. También se transforma la realidad a través de su visualización en “Cielos diferentes”, en el que un anciano ha comprado una ventana a través de la cual se percibe un mundo diferente y hostil. Así, la ventana, explica el narrador y protagonista del relato, es “un asterisco que interrumpe la gramática del cielo”. También es la literatura fantástica de Miéville una suerte de interrupción de la realidad, una puerta que transforma el mundo en un extraño universo con reglas diferentes. Un espejo en cuyo reflejo habitan nuestros dobles dispuestos a saltar sobre nosotros. 
Hay también algunas piezas que podrían calificarse de relatos negros como “Jack” o “Mensajeros”. Esta última cuenta la historia de un personaje que recibe misteriosos mensajes en clave que tiene que enviar sin saber su origen ni destino, ni siquiera qué efecto provocan en la sociedad. En “Acaba con el hambre” un hacker trata de boicotear una página web con inesperadas consecuencias. 
El único relato que nos hará esbozar una sonrisa es “Noche de paz”. Una fábula distópica en la que grandes corporaciones se han apropiado de la Navidad, construyéndose una sociedad en la que todo lo relacionado con ella, desde los villancicos hasta los abetos, se ha convertido en objeto de consumo restringidos por durísimas leyes de derechos de autor bajo extremas licencias. Un caos navideño. 
Finalmente se incluye la novela corta “El azogue”, una historia fantástica que narra la batalla entre los humanos y los seres que habitan los espejos. Estos últimos, los imagos, hartos de ser sometidos por las simetrías del mundo de los humanos, han decidido emprender una cruenta lucha que se libra en Londres. Este relato bélicode carácter fantástico y distópico, además, está narrado por dos voces, cada cual desde la perspectiva de uno de los mundos, reflejando la simetría especular que se tematiza argumentalmente. Pieza interesante que rescribe los relatos borgeanos desde la nueva ciencia ficción. 
Como decíamos al comienzo, este libro es una grieta por la que colarse en las fantasías oscuras y delirantes de Miéville, uno de los autores contemporáneos que más se aparta del canon de lo fantástico, para construir una poética personal de gran originalidad.  

miércoles, 5 de junio de 2019

UN PASEO POR LAS RUINAS DEL CELULOIDE


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Conocí por ver primera a Alberto Ávila Salazar por la lectura de La mitad de un monstruo, una novela tan extraña como oscura, que recreaba un insólito ambiente futurista, onírico y muy sugerente. Ahora, ha caído en mis manos este libro: Metraje perdido. Un breviario del cine invisible (Archivos Vola, 2019).

Resultado de imagen de alberto avila salazarResultado de imagen de metraje perdido avila salazarComo escritor siempre me había interesado por obras literarias perdidas, por aquellas escrituras que el tiempo borró y jamás nos han llegado. Pero reconozco que nunca había reflexionado acerca de aquellas cintas de celuloide que se han perdido para siempre, relatos también, pero que nos parecen tan modernos, en comparación a las narrativas literarias, aunque ya ha pasado más de un siglo desde su génesis. Alberto Ávila Salazar ha escrito, no obstante, este interesante ensayo en el que realiza un recorrido por los anaqueles del cine invisible y nos habla sobre ciertas películas que la historia ha borrado. Por incendios, censuras, extravíos o simplemente porque en sus inicios, el cine al ser de carácter meramente comercial, no asumía su relación con la posteridad y los rollos de películas eran mal cuidados e incluso tirados a la basura tras haber sido usados. Así, en los albores de la industria cinematográfica se perdieron metrajes de Méliès, una cinta de Hitchcock o de muchos otros grandes pioneros del séptimo arte. Encontrará aquí el lector anécdotas, historias, curiosidades, como la opera prima del irrepetible Rodolfo Valentino o un capítulo dedicado al cine fantástico, con adaptaciones de Wells o un Drácula anterior a Nosferatu que jamás podremos disfrutar. También dedica Ávila Salazar un capítulo a los dibujos animados y otro al cine español, el cual también sufriría daños de este incendio purificador y maldito que son el tiempo y la desidia. Hay casos llamativos, que se remontan a los años 70 y 80 y que, en ocasiones, sí se han podido rescatar de un modo casi milagroso.
Este libro es un paseo delicioso por la cara oculta del cine, esas películas que habremos de imaginar porque jamás podremos enfrentar en una sala de cine. Trastear entre películas perdidas es, como explica el autor de este peculiar e interesante ensayo, como pasear entre ruinas.

domingo, 2 de junio de 2019

LA MIRADA


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Nunca, ignoro por qué, me había aventurado a escribir sobre algo tan presente y a la vez tan sutil como la mirada. Pensado bien, la mirada (el efecto que el ojo ejerce sobre las cosas y a la vez la expresión de los ojos) es un acto tan sustancial como misterioso, tan decisivo como natural, tan etéreo como carnal, tan activo como pasivo. Lacan decía que la mirada era la ansiedad de saberse observado, como si el ver tuviese cierto poder, algo que han creído y siguen creyendo muchas personas, como atestigua la superstición del mal de ojo, registrada incluso por Freud en su ensayo sobre lo ominoso. La mirada es nuestra puerta hacia el mundo. Cuando el ojo mira demuestra no solo estar vivo (un ojo muerto no mira) sino que afirma su relación con lo exterior: las cosas, las personas, los ojos de las demás personas. Por eso es tan fuerte el acontecimiento que cotidianamente se fragua en un “cruce de miradas”. La mirada es poder, también amor u odio. Es difícil aguantar la mirada a alguien, supone un desafío. Pero también puede convertirse en el preámbulo al amor, al conocimiento, al deseo. No se mira lo que no se desea con intensidad. Igualmente, miramos lo que detestamos con la intención de destruirlo simbólicamente, o porque su hediondez nos repugna. La mirada, a diferencia de los demás sentidos (quizá el tacto también), es bidireccional, sirve para ver pero también para ser vista. En la mirada se produce un flujo de información en los dos sentidos, que nos llega incluso antes que la propia racionalización de lo visto. La intuición a través de lo que percibimos visualmente es más intensa que el propio acto de ver. Miramos a alguien y enseguida distinguimos sensaciones que no entendemos. La mirada es un vínculo pero también sirve de escudo, de defensa. Es nuestra armadura contra el mundo pero también el arma arrojadiza que proyecta nuestro yo interior hacia la realidad exterior.
Resultado de imagen de MIRADALa mirada de una persona nos advierte de su estado de ánimo, de su predisposición, de su emoción. El loco tiene la mirada perdida, el enamorado, también. La mirada es la puerta hacia el exterior (ya lo he dicho), pero también es una ventana al interior, una grieta física por la que podemos acceder al alma secreta de la persona. Los ojos son lagunas, como un mar minimizado en el que navegan los datos más relevantes de cada persona, espacios marinos que funcionan como metáforas de todo el ser, superficies bajo cuyas aguas se cifra una vida, archivos de personalidad y emociones.
            Cruzar la mirada puede acarrear una querella, una desavenencia, una historia de amor. No hay vida humana sin la mirada, no hay comunicación completa sin la mirada. Todo gesto comienza con una mirada. Por eso, quizá, no me gusta hablar por teléfono, porque no soy capaz de ver los ojos de mi interlocutor, de acompañar sus palabras con el ritmo y la vibración de su mirada. Por eso quizá algunas historias de terror están protagonizadas por seres ciegos. O monstruos cuyos ojos blancos son violentos espejos rotos. Monstruos que nos horrorizan, pero que ansiamos ver.
La mirada es acuática, la única parte líquida del exterior humano. El hombre es un ser lleno de agua, recubierto de piel al que solo el rostro se le transfigura cuando su interior se agita. Y en el centro de su rostro están las lagunas de los ojos. Los ojos que ríen, que lloran, que muestran y recogen el mundo.
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miércoles, 22 de mayo de 2019

ALICIA IMAGINADA POR EL REVERENDO CHARLES LUTWIDGE DODGSON


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Alicia es una ninfa híbrida, compuesta por dos almas especulares que se confunden al exponerse frente al espejo de la fantasía y del amor. La niña imaginaria que descendió por la madriguera del conejo blanco a Wonderland, una niña inventada que habita tras el espejo fantasioso del escritor Lewis Carroll. Y también es  Alicia Liddell, muchacha de carne y hueso que se convirtió en la señora Hargreaves y que trató de olvidar a esa niña del espejo que algún día fue. Una niña de la que estuvo enamorado Lewis Carroll.
Cabe pensar que más niñas configuran la poliédrica imagen de la Alicia onírica. Su soñador, el diácono Charles L. Dodgson compartió a lo largo de su vida amistad y trato con un sinfín de impúberes angelitos, a los que se acercaba a contar historias fantásticas, fotografiar e imaginar en una especie de idilio sentimental e ilusorio que los años y la madurez pulverizaban para siempre.
Resultado de imagen de alicia liddell y lewis carrollSi hay algo terrible es un alma atrapada en un cuerpo que no le corresponde. Niños que viven encerrados en cerebros de adultos, monstruos cercados por la suave piel humana. Carroll puede que pertenezca a esa estirpe de hombres-niño, cuya alma abismada por lo etéreo y por los sueños tuviese que recurrir a las amistades incipientes de Alicias con las que, de un modo fáustico, quizá vampírico, mantener el alma siempre joven, siempre inconclusa, siempre en la puerta de ese amor resbaladizo llamado inocencia pero que limita con la inmoralidad.
Resultado de imagen de alicia liddell y lewis carroll Gertrude Chataway, otra de las Alicias del “País Carroll”, conoció al clérigo cuando era niña en un pueblo costero de la Isla de Wright. Este le regalaba relatos, le hacía dibujos, le tomaba fotografías, le inventaba mundos fantásticos. Mantuvieron una relación epistolar, cartas en las que la imaginación de Carroll se manifestaba, como era habitual en él, de un modo incesante. En una de aquellas misivas leemos: “¿Sabes una cosa? Ya no puedo enviar besos por correo: el paquete pesa tanto que resulta muy caro. (…) Con todo le prometí (al cartero) que nos escribiríamos muy poco. ‹Sólo dos mil cuatrocientas setenta cartas”.
Resultado de imagen de alicia lewis carroll first editionMuchos años después, cuando Gertrude ya rondaba la veintena, tuvo un reencuentro con aquel amigo de la infancia que le contaba relatos. Gertrude llegó a afirmar que tenía la sensación de que Lewis Carroll no parecía comprender que aquellas amigas que había conocido como niñas, pudieran dejar de serlo. Escribe Gertrude respecto al encuentro: “…y me sentí, mientras estaba a su lado, niña una vez más”.
En una de sus cartas Carroll escribe: “Tú siempre serás una niña para mí, incluso cuando tengas el cabello gris”.
Lewis Carroll es, según podría rezar un diccionario onírico: “Un Peter Pan inglés que conjeturó a una niña con la que compartir sus vidas imaginarias”. Ese poeta y matemático herido por el lacerante torbellino de los días supo que Alicia era siempre una niña que no crecía, y quiso vivir a su lado, al otro lado del espejo sin tiempo que se fragua en la literatura, en el amor, en el quimérico deseo.
No sabemos si tras su muerte la imagen onírica de Alicia habrá acompañado al autor de Silvia y Bruno. Lo que sí sabemos es que Alicia es una niña-ninfa que sigue habitando nuestros corazones infantiles, sigue erigiéndose como una de esas efigies de roca imperecedera que decoran el templo de nuestros sueños más arquetípicos.

PUBLICADO EN LIBROS, LA OPINIÓN DE MURCIA  11 MAYO 2019

sábado, 11 de mayo de 2019

LO QUE SE HA ESCRITO SOBRE "LAS SUPLANTACIONES"


En el suplemento Ababol del diario La Verdad el crítico Antonio Parra Sanz escribía la siguiente reseña:
No lo era, era el primo de George Simurg, un hombre medio checo medio español que es requerido de urgencia para acudir a Praga, ante los extraños acontecimientos que por allí le están ocurriendo a su rama europea de la familia. Y eso precisamente es lo que convierte a este hombre en un personaje idóneo para Pedro Pujante, un autor acostumbrado a manejarse hábilmente entre la ficción y la realidad, entre lo objetivo y lo kafkiano, entre los diferentes planos de lo increíble y la verosimilitud. Lo ha demostrado anteriormente en sus relatos y en sus novelas, y ahora lo ha vuelto a hacer.
No es fácil adaptar la realidad a la ciencia ficción, a lo paranormal, y mucho menos hacerlo manteniendo altos niveles de ironía y una línea narrativa coherente; el delirio es complejo de manejar, tanto para quien lo practica como para quien lo lee, pero el autor alhameño se ha convertido ya en todo un experto, tanto, que cuando abrimos una de sus novelas no nos queda otra que dejar que nos lleve de la mano por el paisaje que su mente se empeñe en construir, y permitir también que poco a poco vaya respondiendo a la multitud de preguntas que pasarán por nuestras cabezas.
La más intensa de ellas tiene que ver, en este caso, con el título, porque una vez que nos sumergimos en esta historia debemos asumir que nuestras conciencias son endebles, que tal vez no seamos quienes creemos ser, y lo que aún es más contundente, que quizá nos gustaría habitar otra realidad muy diferente a la que nos acoge. La búsqueda, por tanto, es algo inherente al ser humano, casi tanto como las dudas, y Pedro Pujante nos abre una puerta, o cientos de ellas, en un laberinto de espejos en el que casi lo de menos es que al final nos aguarde un escarabajo gigante, sino que no nos guste el reflejo que en realidad veamos. Además, lo hace con una prosa de calidad, para que el viaje, además de inquietante, pueda disfrutarse desde la plenitud literaria.




En el diario El Noroeste el escritor y doctor en literatura Basilio Pujante escribía:


Si partimos de la base de que todo escritor es, ante todo, un lector que ha decidido continuar una cadena milenaria a la que se añade como último eslabón, podemos buscar en toda obra las huellas de esas lecturas previas. Algunos las llaman influencias, otros, más teóricos, referencias intertextuales, pero todos creemos hallar en las líneas que leemos por primera vez ecos de autores que precedieron al autor. En algunos casos esta presencia es más palpable y se erige en elemento fundamental en la concepción y desarrollo del libro, que entabla un diálogo directo con la Historia de la Literatura. Este último caso es el de Pedro Pujante, cuyo último libro, Las suplantaciones, no se puede entender sin La metamorfosis (La transformación, según alguna traducción reciente) de Franz Kafka.

Este narrador murciano ya había dejado claro en libros anteriores que entiende su literatura como un homenaje a los escritores que le han influido. Por ejemplo, su reciente Las regiones inferiores de la muerte(2018) está protagonizado por un Enrique Vila-Matas a quien se le aparece el fantasma de Kafka. El relato más conocido del autor checo está en el punto de partida de Las suplantaciones, en el cual un vendedor praguense, cuyo nombre, George Simurg, remite directamente al Gregor Samsa kafkiano, despierta un día en la habitación de la casa donde vive con su hermana y sus padres convertido en una cucaracha. A partir de aquí, y salvo alguna referencia puntual (hay una chica llamada Felice y el protagonista afirma en un momento dado no conocer a Kafka), la novela adquiere independencia y se desarrolla por derroteros diferentes a La metamorfosis.

El libro pone el foco en un profesor de música madrileño de mediana edad que es primo del George Simurg transfigurado y con el que comparte nombre y fisonomía. La atribulada familia del monstruo acude a su pariente español para que les ayude a afrontar una situación que les sobrepasa. El protagonista, también narrador del texto, se dirige a Praga y poco a poco va descubriendo que la sorprendente transformación de su primo es sólo la punta de un iceberg profundísimo que incluye reuniones secretas, enigmáticos clubes, viajes a Londres para reunirse con el enigmático Rufus y más metamorfosis. El George español comenzará a indagar en los turbios y misteriosos asuntos en los que su primo estaba inmerso para tratar de conocer los motivos de su transformación en un insecto. Lo hará de la mano de diversos personajes, como la citada Felice, que tendrán en común esconder más de lo que muestran.

Con estos mimbres, Pujante desarrolla una intrincada trama en la que pone en juego algunos de los tópicos tradicionales de la novela fantástica como el doble, la flexibilidad del tiempo y el espacio, las difusas fronteras entre realidad e ilusión y la suplantación de identidad, fenómeno que da título a la novela. A partir de ahí, y sin abandonar nunca ese terreno fantástico, el autor plantea también algunas preguntas de calado más metafísico sobre quiénes somos y qué nos hace diferentes de los demás. El propio narrador sufrirá estas dudas al tener episodios de desdoblamiento de personalidad y una anagnórisis, recurso este de gran tradición en la literatura, que será fundamental en el desenlace de la novela. 


domingo, 7 de abril de 2019

LA MÁQUINA QUE SUSURRABA A LOS HOMBRES. DE AUGUST STINDBERG A DAVID CRONENBERG







El temor a una dominación del hombre por parte de la máquina (reescritura moderna y posmoderna de la amenaza del hombre por fuerzas misteriosas y monstruosas) es una constante en la literatura y en el cine; la ciencia ficción nos tiene acostumbrados a escenarios en los que somos sometidos por fuerzas robóticas, entidades artificiales que se adueñan de la Tierra y dominan a la humanidad. The Matrix o Terminator son dos de los ejemplos más paradigmáticos del cine contemporáneo, la primera nos presenta una forma de control sutil, despiadada e inteligente; en Terminator se plantea un mundo futuro entregado a una cruenta guerra entre humanos enfrentados a robots que se han rebelado. Son miles las novelas de ciencia ficción que plantean la sublevación de la inteligencia artificial y que alertan de este probable peligro.
En algunas ocasiones este intento de dominación por parte de las máquinas se materializa a través de aparatos tecnológicos que pretenden ejercer el control mental de los hombres, para influir en sus decisiones, modificar o alterar su pensamiento. Aunque en la mayoría de los casos, como veremos, son hombres quienes se esconden tras las bambalinas para hacer hablar, como ventrílocuos malignos, a las máquinas.
Esta imagen de “fuerzas maquínicas que controlan nuestra mente”, que podría parecer peregrina y extraída de una novela pulp, es una idea más común de lo que se pueda pensar; de hecho, a día de hoy, si realizásemos una encuesta, nos sorprendería comprobar que son muchas las personas que sospechan que recibimos mensajes subliminares desde nuestros televisores y computadoras que influyen en nuestras conductas y nos manipulan; o que los algoritmos en internet controlan y modifican algunos de nuestros comportamientos. La publicidad subliminal, en efecto, es un hecho constatado y está más allá de toda duda que se utiliza y que de ella se obtienen resultados sorprendentes. No es extraño, en este sentido, que sean muchos los autores que se han preocupado de este tema y lo hayan vertido en sus ficciones.
 El primer caso que recuerdo haber leído sobre la influencia de máquinas en hombres lo hallé en el autor sueco August Strindberg, quien en Inferno, una suerte de novela autobiográfica con tintes fantásticos, relata algunos sucesos de lo más peculiares. Uno de ellos se refiere a un terror que acompaña al narrador (identificado con el autor nominal y biográficamente), quien teme ser atacado por unas máquinas infernales creadas por sus enemigos. Esta paranoia no deja de ser sintomática de una Europa finisecular en la que empezaban a gestarse las primeras máquinas en una sociedad cada vez más industrializada. Los viejos fantasmas se materializan como entes eléctricos y engendros mecánicos.
También el escritor norteamericano William Burroughs dedicó bastantes páginas a explorar este tema de la dominación y el control de la gente mediante artefactos electrónicos. En varias novelas y ensayos disemina esta idea, que parecía obsesionarle. Es en el ensayo La revolución electrónica (Caja Negra Editora 2009) donde aparece repetidamente la idea, ya legendaria del autor norteamericano, del lenguaje como un virus, y que por tanto, es susceptible de ser trasmitido (contagiado) a través de aparatos de sonido. En este curioso ensayo muestra diversas formas de utilizar la palabra, mediante experimentos sonoros y visuales cuyo fin es el terrorismo psíquico. Señala Burroughs en otro texto titulado “Control mental” incluido en La máquina sumatoria (Paradiso Editores, 2015): “Los violentes disturbios de finales de los años sesenta fueron en gran medida instigados por artefactos de control electrónico del estado de ánimo derivados de descubrimientos psíquicos del Proyecto Pandora”. Lejos de querer aquí dilucidar si esta afirmación se corresponde con la realidad histórica o no, lo que resulta llamativo es cómo el aparato electrónico es visto por Burroughs no tanto como el proyectil sino como el arma que lanza el proyectil: la palabra. Y sobre todo cómo el autor estadounidense construye efectivos artefactos literarios de gran ficcionalidad con materiales extraídos de la realidad, la historia o la ciencia.
La máquina es un artilugio de gran ambigüedad que nos atrae al mismo tiempo que nos repele, porque emana de nuestra propia inteligencia en cuanto artefacto tecnológico, pero al mismo tiempo supone una amenaza, un riesgo para nuestra humanidad (nos puede robar el trabajo, nos puede desplazar incluso sexualmente, es capaz de ejercer control sobre nosotros). Viktor Tausk, uno de los pioneros del psicoanálisis, describió en su ensayo “Sobre el origen de la máquina de influir en la esquizofrenia” (1919) la identificación de ciertos esquizofrénicos con las máquinas, asunto que parece recordarnos al alter ego de Strindberg en Inferno. Como ha señalado Benjamin Noys en su ensayo Velocidades malignas (Materia Oscura, 2018) es posible que la “cajanegrización de la tecnología, la impenetrabilidad de las máquinas, cuyas funciones se esconden tras un interfaz como sucede con los ordenadores, hacen que nuestra relación con ellas (las máquinas) sea “algo próximo a lo fantasmático…”. Tausk recoge en su estudio el caso de la señorita A. Natalija, quien creía estar bajo el control de una máquina que su exnovio operaba para perjudicarla.
La funesta influencia de los hombres por las máquinas es explorada también por David Cronenberg en su película Videodrome (1983). Cronenberg es un autor que ha realizado diversos trabajos en los que las relaciones entre hombres y máquinas suelen resultar conflictivas. Pensemos en la excitación sexual que experimentan los protagonistas de Crash (1996) al sufrir accidentes con sus automóviles, o en ExistenZ (1999), una película de ciencia ficción en la que los usuarios de juegos virtuales se conectan con biopuertos a consolas orgánicas.
 En Videodrome se narra la historia de Max, propietario de una estación de televisión, que un día descubre que el televisor emite un programa pirata de una violencia explícita de mucha intensidad. Pronto descubrirá que las imágenes no son inocuas sino que ejercen una influencia fatal sobre aquellos que las visualizan. Él mismo se verá sometido, al exponerse a estas emisiones catódicas, a un progresivo cambio, que supondrá incluso una fusión de su cuerpo con la máquina, deviniendo en una construcción deforme y monstruosa. Además de las implicaciones estéticas de este film de terror y de ciencia ficción podemos extraer una lectura político-social, porque el tema principal que Cronenberg presenta es evidentemente el control de las masas a través de los medios de comunicación. Videodrome, el violente programa pirata, metaforiza nuestro consumo indiscriminado de imágenes, y por tanto la facilidad con la que nos exponemos a una influencia desde el exterior. Las máquinas que nos controlan han entrado en casa, a través de nuestros televisores, a través de nuestros ordenadores y también por medio de nuestros teléfonos móviles. El miedo responde a una pulsión natural en el ser humano, una pulsión de miedo incitada por la presencia de aparatos extraños cuyos mecanismos desconocemos, por la sospecha de que miles de ondas cruzan la atmósfera y nos golpean diariamente, quizá incluso entrando en partes de nuestros cerebros que no somos capaces de detectar. ¿Será real ese susurro de máquinas que se agitan en el ambiente?