En el suplemento Ababol del diario La Verdad el crítico Antonio Parra Sanz escribía la siguiente reseña:

No es fácil adaptar la realidad a la ciencia ficción, a lo paranormal, y mucho menos hacerlo manteniendo altos niveles de ironía y una línea narrativa coherente; el delirio es complejo de manejar, tanto para quien lo practica como para quien lo lee, pero el autor alhameño se ha convertido ya en todo un experto, tanto, que cuando abrimos una de sus novelas no nos queda otra que dejar que nos lleve de la mano por el paisaje que su mente se empeñe en construir, y permitir también que poco a poco vaya respondiendo a la multitud de preguntas que pasarán por nuestras cabezas.
La más intensa de ellas tiene que ver, en este caso, con el título, porque una vez que nos sumergimos en esta historia debemos asumir que nuestras conciencias son endebles, que tal vez no seamos quienes creemos ser, y lo que aún es más contundente, que quizá nos gustaría habitar otra realidad muy diferente a la que nos acoge. La búsqueda, por tanto, es algo inherente al ser humano, casi tanto como las dudas, y Pedro Pujante nos abre una puerta, o cientos de ellas, en un laberinto de espejos en el que casi lo de menos es que al final nos aguarde un escarabajo gigante, sino que no nos guste el reflejo que en realidad veamos. Además, lo hace con una prosa de calidad, para que el viaje, además de inquietante, pueda disfrutarse desde la plenitud literaria.
En el diario El Noroeste el escritor y doctor en literatura Basilio Pujante escribía:
Si partimos de la base de que todo escritor es, ante todo, un lector que ha decidido continuar una cadena milenaria a la que se añade como último eslabón, podemos buscar en toda obra las huellas de esas lecturas previas. Algunos las llaman influencias, otros, más teóricos, referencias intertextuales, pero todos creemos hallar en las líneas que leemos por primera vez ecos de autores que precedieron al autor. En algunos casos esta presencia es más palpable y se erige en elemento fundamental en la concepción y desarrollo del libro, que entabla un diálogo directo con la Historia de la Literatura. Este último caso es el de Pedro Pujante, cuyo último libro, Las suplantaciones, no se puede entender sin La metamorfosis (La transformación, según alguna traducción reciente) de Franz Kafka.
El libro pone el foco en un profesor de música madrileño de mediana edad que es primo del George Simurg transfigurado y con el que comparte nombre y fisonomía. La atribulada familia del monstruo acude a su pariente español para que les ayude a afrontar una situación que les sobrepasa. El protagonista, también narrador del texto, se dirige a Praga y poco a poco va descubriendo que la sorprendente transformación de su primo es sólo la punta de un iceberg profundísimo que incluye reuniones secretas, enigmáticos clubes, viajes a Londres para reunirse con el enigmático Rufus y más metamorfosis. El George español comenzará a indagar en los turbios y misteriosos asuntos en los que su primo estaba inmerso para tratar de conocer los motivos de su transformación en un insecto. Lo hará de la mano de diversos personajes, como la citada Felice, que tendrán en común esconder más de lo que muestran.
Con estos mimbres, Pujante desarrolla una intrincada trama en la que pone en juego algunos de los tópicos tradicionales de la novela fantástica como el doble, la flexibilidad del tiempo y el espacio, las difusas fronteras entre realidad e ilusión y la suplantación de identidad, fenómeno que da título a la novela. A partir de ahí, y sin abandonar nunca ese terreno fantástico, el autor plantea también algunas preguntas de calado más metafísico sobre quiénes somos y qué nos hace diferentes de los demás. El propio narrador sufrirá estas dudas al tener episodios de desdoblamiento de personalidad y una anagnórisis, recurso este de gran tradición en la literatura, que será fundamental en el desenlace de la novela.
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